martes, 21 de noviembre de 2017

16. Confesiones

Foto: Valeria Cammareri


Llegó puntual al bar donde Bruno la había citado. Él le hizo señas desde una mesa en el fondo del local. Piera se ubicó en la silla de enfrente y permanecieron en silencio, sin saludos ni miradas.

Observó que a su derecha había una pared de vidrio por la que se veía un patio, radiante de plantas y flores. Se abismó en sus formas y matices para olvidar que estaba allí.

—Te quería avisar que me voy del país… —la voz astringente de Bruno la sobresaltó y volvió al interior del bar, a la mesa, a su cara en un contraluz que le bordaba sombras. Ante su mudez, él continuó—: Sé que cometí errores, sobre todo con vos y también con la Rusa. No entiendo por qué el viejo se casó con ella pero admito que se ocupó de todo, de él y no por la plata que ni estaba enterada de que había. Yo se la administraba a babbo.

—¿A dónde te vas? —lo interrumpió, deseaba irse pronto.

—A Miami. Un banco suizo abrió una sucursal allí y me dieron una gerencia.

—Felicitaciones, esconder el dinero fue siempre lo tuyo.

—Estuve mal y te pido perdón, Piera —la voz le salió enronquecida, apenas audible.

Todos los reproches que tenía a flor de labios se los tragó como a un bocado amargo. Lo miró a los ojos, esos ojos de brea caliente como los del padre y dijo:

—Hace poco comprendí el motivo por el que babbo se casó con Sonia. Fue para asegurarse de que alguien me cuidara, él no se sentía capacitado. Nuestra familia estaba formada por duplas en el afecto: Renzo amaba a Luciana, que también lo amaba pero menos o de otra manera. Para ella su hijo preferido era Elio, vos querías más a babbo y él te correspondía. Yo a Elio y él a mí.

—¡No lo menciones! —exclamó Bruno con vehemencia—. Él es un traidor, menos mal que nuestra madre se salvó de ese disgusto.

—Supe lo ocurrido, es innecesario remover mierda vieja.

Bruno apretó el puño que tenía apoyado en la mesa y se le marcaron los nudillos.

—Somos hermanos y somos dos extraños. No sabés nada de mí. —Su mirada estaba hecha de tormentas.

—Es mutuo —contestó ella con una calma glacial.

—Aunque no lo creas, de chico también sufrí. Era inseguro, lleno de anhelos, todo giraba alrededor de él. Mamá lo adoraba; babbo, dentro de su parquedad, se sentía orgulloso de su inteligencia, del magnetismo —levantó la mano y llamó al mozo—. Tráigame otro whisky doble.

Piera permaneció muda, sentada en el borde de la silla y pensó que el silencio es una forma de violencia.

—Mientras ése obtenía todo lo que quería, yo me quedaba con las ganas. Me hubiera gustado ser músico, guitarrista como Eric Clapton, formar una banda. No se lo comenté a babbo porque a él de la ópera no lo sacabas. Hablé con ella que me gritó ¡estás loco, eso cuesta plata y no la tenemos! Cuando babbo se enteró dijo que podía pedir un préstamo a los abuelos en Italia, con la condición de que me dedicara a la música clásica. Empecé a trabajar a los nueve años en lo que fuera, repartiendo diarios o mercadería a domicilio. Cuando los viejos se enteraron de que esos ahorros serían para pagarme las clases de guitarra, me los sacaron y tenía que darles cada centavo que ganaba.

Se llevó el vaso facetado a los labios y su cara se contrajo. Un último rayo de sol que entraba por el ventanal dibujó una cimitarra de luz en su frente. Piera no hallaba frases de consuelo, la distancia entre ellos había sido tan grande que demandaba más que las palabras confesionales de su hermano para acortarla.

Le apoyó la mano sobre el puño todavía cerrado y recordó el gesto similar que había hecho para despedir a su padre muerto. Bruno abrió el puño pero no retiró la mano y el frío que desprendía su piel se fue entibiando en contacto con la palma de Piera. Ella se preguntó si podría perdonarlo, no desde lo racional, sino desde el fondo de la sangre que los unía.

Bruno intentó una sonrisa; su boca era una cicatriz abierta.

—Micaela fue la única a la que amé y él no tuvo reparos en enroscarla con sus seducciones para arrancármela. A pesar de mi mal genio ella me quería y me apoyaba. Apareció él, un héroe que regresa después del exilio, la deslumbró y todo se fue al carajo. El mayor dolor fue la traición, los encuentros furtivos a mis espaldas. —Bruno, echando la cabeza hacia atrás, bebió lo que quedaba en el vaso. Siguió—: después no quise más a nadie y las minas* van y vienen, sin que me dejen ningún sentimiento una vez que pasó la calentura.

—Yo no tenía nada que ver en esa historia. Tampoco me quisiste.

—La diferencia de edad, no te tuve paciencia, me centré en la guita*, en cómo aumentarla para concretar mi proyecto, una actividad que se volvió obsesión y me hizo olvidar el verdadero objetivo. Por un lado fue mi salvavidas, pero también me llevó a la soledad más absoluta  —calló y miró por el ventanal las plantas que se impregnaban con la débil luminosidad del crepúsculo—. Además te tuve celos y bronca. Vos, la pulguita por la que nadie daba dos mangos*, te saliste con la tuya y sos artista plástica… Y muy buena.

—Si babbo me permitió entrar al Bellas Artes fue porque en su depresión no podía participar de mi futuro. César me estimuló a que siguiera los estudios superiores.

 Hubo silencios, en los cuales cada uno se encerró en ese cuartito escondido que se guarda para ampararse de las situaciones en las que se acaban las palabras y permanecen aquellas que no deben pronunciarse. También lograron rescatar momentos que les arrancaron sonrisas viejas y cuyo eje era el amor que se tenían sus padres.

—Me tengo que ir, Piera, mañana viajo. Te deseo lo mejor.

Pagó la cuenta; el café de Piera, intacto, era una fría mancha marrón dentro del pocillo. Se dirigieron hacia la puerta del bar, se miraron a los ojos y él, con el mentón tembloroso, la rodeó fuertemente en un abrazo callado.

—Suerte en tu nueva vida, gracias por despedirte y cuando tengas ganas comunicate —dijo Piera y él asintió mientras se alejaba algo tambaleante.

Caminó sin rumbo, repasando cada frase, cada confidencia. Como hologramas, en su mente surgieron imágenes inconexas que, al llegar a su casa, agruparía en el cuaderno: palabras que contenían las lágrimas que no había vertido. O las pintaría en una tela, con los colores de esa tarde, de sus emociones, para sellar la despedida.



Glosario:

Mina: mujer, muchacha.
Guita: dinero.
Mangos: pesos.


La próxima semana publicaré el último capítulo.


Queridos amigos, no voy a poder contestar los comentarios,
estoy con un grave problema familiar. 
Gracias a todos y abrazos.


Sinopsis

Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana, su madre, muere cuando Piera tiene diez años. Renzo, su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con Sonia (la Segunda). Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana. Elio, es el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse. Bruno es el segundo hermano -con el que Piera se lleva mal- es agente financiero y su única preocupación parece ser el dinero. Tiene una feroz pelea con Elio, que es echado de la casa por su padre. Ella desconoce lo que ocurrió entre los hermanos.
César es abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. Piera visita a Micaela (que fue la novia de Bruno) y ella le confirma la sospecha de César: que con Elio eran amantes.
Al poco tiempo de separarse de César, muere repentinamente el padre de Piera y Bruno vende la casa familiar sin consultarla. También hace trampas con el testamento. Ante la soledad de Sonia, Piera empieza a acercarse a ella. Piera encara a su hermano y obtiene su parte de la herencia y la de Sonia.



©  Mirella S.   — 2017 —







martes, 14 de noviembre de 2017

15. Reunir recuerdos



Sonia me mostró la única foto de su juventud. Se la sacaron a los dieciocho años, en una fiesta de la colectividad ucraniana. Era de una belleza clásica, casi perfecta, con unos ojos que no tenían la expresión bovina que yo le había adjudicado en mi adolescencia. La mirada de entonces, entre firme y desafiante, quedó fija en ese rectángulo de cartón. La vida, de a poco, se encargó de borrársela. La fineza de sus facciones se había desdibujado y los ojos de cuarzo se le ahumaron con el desaliento.

Hice una copia, la enmarqué y la puse en una ubicación destacada en la estantería de los libros, cercana a una de Elio que había escondido después de la gran disputa familiar.

Nos juntábamos con bastante frecuencia, en mi casa, en la suya o en un bar. La conversación siempre aterrizaba en los recuerdos. Quería hacerle infinidad de preguntas, sin desbordarla.

—¿Vos Pensás que Elio está muerto como me dijo Bruno, supiste algo? —esa pregunta no la pude evitar. Sonia miró hacia abajo y con la uña rascó  un nudito del mantel.

—Una noche, hace muchos años, Bruno volvió a la casa con cara de loco. Iba y venía como una fiera enjaulada con un diario en la mano. Renzo le preguntó qué le pasaba. Él le dio el diario y gritó: “ahora esa basura se metió a corresponsal de guerra”. Tu padre se puso los anteojos y leyó la página. Dobló de nuevo el diario, se lo devolvió y dijo bajito: “la de los Balcanes”. Bruno estaba verde: “esa mierda está muerto, lo deseo tanto que este deseo será la bala que lo mate”. Nunca más se habló del asunto. Renzo empezó a comprar el diario.

—Las notas ¿las firmaba Elio? —un latido en la garganta me enrareció la voz.

—Sí, Pieri. Era un diario italiano y lo iba a buscar a un quiosco del centro. Unos meses después dejó de comprarlo, le pregunté por qué, él dijo que “ese” ya no publicaba más y como si tal cosa quiso saber si estaba lista la cena.

No hice más preguntas sobre Elio, Sonia se dio cuenta de que me dolía y también evitó hablarme de él. Me narraba pequeñas anécdotas sobre mi padre y alguna también sobre Bruno. Nunca los criticó y esas breves escenas domésticas que elegía para compartirme, los revelaba en sus aspectos menos negativos, quizás para aplacarme el gusto agrio del resentimiento. Quizás para que en mí creciera un sol benefactor que me arrancara del sótano de los recuerdos sombríos.

La imagen de Elio surgía, generalmente, cuando algo me pesaba en la mitad del pecho, igual que si el corazón se hubiera solidificado y vuelto un trozo de mármol. Entonces me acercaba a la repisa a mirar la foto. Sus rasgos y la mayor parte de los mínimos episodios que me unían a él estaban siendo barridos por el viento de la desmemoria.

Jamás lo juzgué, tampoco me sentí abandonada por no haberme contactado. Sonia, que presenció la pelea final, me contó que Elio no dijo una palabra ni para disculparse ni para aclarar la situación, se aguantó los insultos y el puñetazo de Bruno y fue la única vez que oyó gritar a Renzo, que con las manos sosteniéndose la cabeza, aullaba: “¡traditore, traditore di merda!” Después, con el índice en alto, le señaló la puerta. Elio metió unos pocos objetos personales en una mochila y salió para siempre.

Imaginé el momento como una de las tantas escenas dramáticas del neorrealismo italiano donde los protagonistas gritan, se insultan, se mesan los cabellos, hacen gestos obscenos, todo tan exagerado que resulta patético.

En Bruno casi no pensaba, se estaba diluyendo como una acuarela de mi vida, cuando una noche, dos años después de nuestro encuentro tormentoso en el hotel, escuché en el contestador un lacónico mensaje: Hola Piera, soy Bruno, necesito hablarte. Llamame.






Sinopsis

Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana, su madre, muere cuando Piera tiene diez años. Renzo, su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con Sonia (la Segunda). Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana. Elio, es el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse. Bruno es el segundo hermano -con el que Piera se lleva mal- es agente financiero y su única preocupación parece ser el dinero. Tiene una feroz pelea con Elio, que es echado de la casa por su padre. Ella desconoce lo que ocurrió entre los hermanos.
César es abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. Piera visita a Micaela (que fue la novia de Bruno) y ella le confirma la sospecha de César: que con Elio eran amantes.
Al poco tiempo de separarse de César, muere repentinamente el padre de Piera y Bruno vende la casa familiar sin consultarla. También hace trampas con el testamento. Ante la soledad de Sonia, Piera empieza a acercarse a ella. Piera encara a su hermano y obtiene su parte de la herencia y la de Sonia.



©  Mirella S.   — 2017 —






martes, 7 de noviembre de 2017

14. Deshabitadas



Los días tomaron el color añejo del otoño, Piera se hamacó en ellos y se dejó llevar. En esos días color sepia, igual que fotos bronceadas por el tiempo, hubo buenas noticias y otras no tanto.

El ovillo enredado de los acontecimientos, incluyendo el tramiterío legal que odiaba, le impidió el duelo. Entre todos esos vaivenes comprendió que había madurado, que algo interno se acomodó y ya no importaba demasiado el ojo de afuera. El próximo paso sería hacer lo mismo con su propio ojo implacable.

Encarar a Bruno dio frutos. Al leer el Testamento comprobó que su padre no había sido insensible con Sonia: le había legado una suma importante. Ella recibió lo mínimo que le correspondía por ley. El resto, un resto considerable, era de Bruno.

Piera nunca imaginó que su padre contara con un patrimonio tan sólido y pensó en las habilidades financieras de su hermano: un demiurgo experto en la multiplicación de planes y pesos. Le disgustó reclamar su parte de la herencia, había en ella una repugnancia casi física en la aceptación del dinero de los otros.

Se alegró por Sonia y sintió rabia ante la nueva confirmación de la mezquindad y los chanchullos* recurrentes de Bruno. Daba gracias que el asunto hubiera terminado. A él no lo vería más, la familia que la llenara de conflictos estaba definitivamente rota. El único hilo que aún la unía a esa telaraña de manipulaciones silenciosas, era Sonia. La visitó, le dio la buena nueva que la dejó sin habla, los labios finos entreabiertos y en la mirada incrédula le surgía una luz de lágrimas.

Fue un alivio que no tuvieran la misma sangre, que el parentesco se limitara a papeles. Piera la había observado con detenimiento desde la muerte del padre y comprendió lo equivocada que estuvo respecto a Sonia.

Sentía la necesidad de enmendar sus prejuicios, de acercarse, conocerla más. Eran dos mujeres deshabitadas de familia y amor, podrían construir un espacio para ellas, un lugarcito de desahogo de dos huérfanas que pueden transitar, tomadas de la mano, el camino de la soledad.

La acompañó en la búsqueda de una vivienda digna y también un trabajo, porque Sonia no era de las que se quedan mirando por la ventana el transcurrir de los días.

En sus conversaciones aparecieron anécdotas sobre Elio, Bruno, su padre que, en el momento propicio, serían deglutidos por las hojas blancas de ese cuaderno hambriento de palabras.

La historia de Piera empezó a entretejerse con la de Sonia. Con cautela, para no abrir cicatrices quizás no del todo cerradas, le preguntó sobre su vida antes de Renzo.

—Con tu padre encontré protección, lo más parecido a un hogar. Aunque sé que nadie me quiso había un techo sobre mi cabeza, comida, un sueldo seguro a fin de mes. Él nunca me violó ni golpeó como lo hacía el turco borracho con el que viví. Renzo hasta se casó conmigo. —la voz de Sonia se fue haciendo más tenue, algo le temblaba en la garganta, como si anidara un pájaro, un gorrioncito que quisiera escapar.

—Si esos recuerdos te duelen, mejor no removerlos —dijo Piera y también sintió un atoramiento en el fondo de su boca.

—Pieri, me gusta hablar con vos, me hace bien, escuchás… ¿Sabés? nadie nunca me escuchó. Mis tíos, los que me trajeron acá, trabajaban en un campo ajeno y en cuanto empecé a caminar tuve que ayudarlos. Eran bestias atadas a la tierra, esclavos. Soy bruta, no sé contar las cosas, pero vos me escuchás siempre. —se tironeó el lóbulo de la oreja unos segundos y siguió—: Te decía del atorrante* del turco que me mandaba a trabajar mientras él se emborrachaba. No fui una puta, limpiaba casas de la mañana a la noche, a él le importaba poco cómo ganaba la plata. Igual que a un cafisho* se la tenía que dar toda. Cuando un invierno, por el brasero, se quemó la casilla* en la que vivíamos, él, borracho como estaba, no pudo salir y se cocinó como un lechón. Eso es lo que era: un cerdo. Ahí fui libre, me sentí viva, y al poco tiempo la señora Rossi, conocida a tu papá, me lo recomendó. En cuanto te vi, me dije: esta nena va a ser tu hija del corazón.



Glosario:

Chanchullo: acción poco clara, conseguir un beneficio sobre un asunto en perjuicio de otros.
Atorrante: holgazán y de pocos escrúpulos.
Cafisho: proxeneta.
Casilla: vivienda pequeña y muy precaria, de madera y chapas.


Sinopsis

Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana, su madre, muere cuando Piera tiene diez años. Renzo, su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con Sonia (la Segunda). Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana. Elio, es el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse. Bruno es el segundo hermano -con el que Piera se lleva mal- es agente financiero y su única preocupación parece ser el dinero. Tiene una feroz pelea con Elio, que es echado de la casa por su padre. Ella desconoce lo que ocurrió entre los hermanos.
César es abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. Piera visita a Micaela (que fue la novia de Bruno) y ella le confirma la sospecha de César: que con Elio eran amantes.
Al poco tiempo de separarse de César, muere repentinamente el padre de Piera y Bruno vende la casa familiar sin consultarla. También hace trampas con el testamento. Ante la soledad de Sonia, Piera empieza a acercarse a ella. Piera encara a su hermano y obtiene su parte de la herencia y la de Sonia.



©  Mirella S.   — 2017 —




martes, 31 de octubre de 2017

13. Herencias




Después del divorcio, de la muerte del padre, la venta de la casa, Piera empezó a fumar, un recurso absurdo en el intento de velar los agujeros íntimos con el humo del cigarrillo.

Su actividad diaria se había incrementado: debía distribuir los muebles en el monoambiente para que quedara un espacio amplio donde instalar el taller de arte. Le habían aumentado las horas de clase en el Instituto y, si bien redundaba en una entrada extra, alteraba la organización de su tiempo. Entonces comprendió la importancia del “vil metal” si deseaba concretar lo que se había propuesto.

Sonia formaba parte de sus proyectos. Quería ayudarla a mudarse de ese lugar miserable en el que vivía, que tuviera un mobiliario propio e hiciera su nido, como ella estaba armando el suyo.

Fue a ver a Bruno, alojado en un hotel en pleno centro. Él la hizo esperar un buen rato antes de bajar al amplio y pretencioso vestíbulo.

—Quiero ver el testamento —lo encaró Piera a modo de saludo.

—Bueno bueno, la idealista muestra por fin su verdadera cara angurrienta*.

—Mirá quién habla, el que se quedó con todo, también con la parte de Elio.

La expresión de Bruno cambió del sarcasmo condescendiente a la dureza del granito. En los ojos le latía el fuego arcaico del odio. Antes de que su hermano reaccionara, Piera siguió:

—No sé si babbo me dejó algo ni si tenía dinero guardado, asumo que sí, por la herencia de la panadería y la casa de los abuelos de Roma. Como hijo único ligó* todo, nosotros, en cambio, debemos dividir en partes iguales, te guste o no. A menos que pruebes, lo que dejaría muy mal parada a mamá, que no soy hija biológica de Renzo. Lo único que me unió a él: lo biológico. Y es lo que cuenta legalmente. Seré idealista, pero no boluda*.

Piera quedó sin aliento y con la boca seca, preguntándose de dónde había sacado el coraje y las palabras para enfrentar a Bruno. Seguramente porque no luchaba por algo para ella sola.

—No hay nada de esa herencia, la fue gastando para vivir y mantener a la Rusa —dijo Bruno, seco y tajante.

—Qué va a gastar, si era un amarrete* y vos su fiel heredero. Y si es como afirmás, tengo el derecho de corroborarlo. Mostrame el testamento, no me hagas ir al Colegio de Escribanos. Ya no me engrupís* más ¡tramposo!

La cara de Bruno pareció deshacerse, como si los músculos se le hubieran aflojado.

—Ahora te lo bajo —dijo entre dientes.

Regresó con una carpeta que llevaba su nombre: Piera Conti. La tiró sobre la mesita ratona que los separaba.

—Ahí tenés tu herencia, la podés despilfarrar en tus pinturitas y cuadruchos de mierda. En cuanto a Elio: está muerto.

Bruno se alejó con el paso elástico de un animal que se bate en retirada. Piera pasó por alto la última frase de su hermano, la interpretó como una forma simbólica de manifestar lo que Elio significaba para él. Tomó la carpeta y se levantó. Estaba tranquila, había dicho lo que quería decir y descargó lo que le ceñía la garganta y le empantanaba la mente.

En ese momento no era la herencia material aquello que la preocupaba sino la genética, que tuviera patrones de conducta demasiado semejantes a los de su familia. Esa tarde se había comportado al estilo de Bruno y con la franqueza brusca, sin medias tintas de su madre. Pensó cuánto influían los genes en su forma de ser.

Era indudable que había en ella el dejo melancólico y una tendencia a la soledad igual que su padre, pero también a plantarse sin vueltas y apasionarse como lo hubiera hecho Luciana.

Físicamente tenía un poco de todos: alta, con el pelo oscuro y delgada igual que Renzo y Elio; los ojos, en cambio, eran una mezcla entre el azul claro de los de su madre y los nocturnales de Renzo y Bruno, lo que le daba un extraño color entre avellana y gris, que variaba dependiendo de la incidencia de la luz.

Reconoció que siempre buscaría aquello que la diferenciara de sus progenitores, de lo absorbido en el ambiente familiar, el pequeño porcentaje propio. Debía aceptar que estaba hecha de fragmentos, que era una especie de patchwork* y que lo heredado habría que transformarlo y hacerlo suyo.

Al llegar a la parada del 92 abrió la carpeta. Estaba tan asombrada por lo que leía que no advirtió la llegada del colectivo.




Glosario

Angurrienta: codiciosa.
Ligar: conseguir, obtener.
Babbo: modo familiar de decir papá en ciertas regiones de Italia.
Boluda: estúpida (coloquial despectivo)
Amarrete: avaro.
Engrupir: mentir, engañar. 
Patchwork: manta o acolchado hecho con la unión de pequeñas piezas de distintos colores o estampados cosidas entre sí.



Sinopsis

Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana, su madre, muere cuando Piera tiene diez años. Renzo, su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con Sonia (la Segunda). Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana. Elio, es el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse. Bruno es el segundo hermano -con el que Piera se lleva mal- es agente financiero y su única preocupación parece ser el dinero. Tiene una feroz pelea con Elio, que es echado de la casa por su padre. Ella desconoce lo que ocurrió entre los hermanos.
César es abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. Piera visita a Micaela (que fue la novia de Bruno) y ella le confirma la sospecha de César: que con Elio eran amantes.
Al poco tiempo de separarse de César, muere repentinamente el padre de Piera y Bruno vende la casa familiar sin consultarla. También hace trampas con el Testamento. Ante la soledad de Sonia, Piera empieza a acercarse a ella.



©  Mirella S.   — 2017 —



martes, 24 de octubre de 2017

12. Extranjeridad

Óleo y foto: Gottfried Helnwein 


Piera había nacido en el Hospital Piñero, a una cuadra del cementerio de Flores, de modo que si algo hubiera salido mal en el parto, largo y complejo, nos hubiéramos ahorrado velorio y alquiler de coches, palabras dichas años más tarde por Bruno, en un despliegue de su sarcasmo lúgubre. 

Era la única que tenía nacionalidad argentina. Tu sangre es puramente italiana, solía recordarle su madre las veces que Piera hablaba en castellano dentro del hogar.

Elio abrió la claridad de sus ojitos en Roma, donde vivían los padres en ese momento. Bruno nació en Nápoles, en la casa de los abuelos maternos porque ya habían decidido partir para Argentina. Cuando Bruno cumplió los ocho meses subieron al barco que los conduciría a una orilla, para ellos verde como sus esperanzas.

No sabe cómo se adaptaron sus hermanos, la diferencia de edad, también de temperamento, los separaba para entablar ese tipo de confidencias. Y cuando ella creció, Elio ya se había ido y con Bruno era impensable cualquier tipo de comunicación.

Renzo y Luciana, en sus conversaciones fuera del núcleo itálico en el que se preservaron, usaban un cocoliche* lastimoso. Su padre, con la excusa de que era profesor de italiano y latín, apenas si se esforzaba por mejorar el nuevo idioma.

A Piera, en la infancia, esta tierra se le había mostrado en pequeños retazos: aprender, dificultosamente, una lengua que le gustaba pero que no tenía con quien practicar al salir del colegio; corretear por el barrio tranquilo, con calles adoquinadas y los plátanos frondosos en los bordes de las veredas, que en verano regalaban la protección de su sombra. No mucho más, ya que la criaban “a la europea”, escuchando ópera, Verdi, Mozart, o canzonette napolitanas que a ella le parecían de otro siglo.

Se sentía extranjera tanto en su familia como en el colegio, no conocía las bandas musicales de moda ni los actores. Al cine la llevaban a ver solo las viejas películas de Sophia Loren, Marcello Mastroianni, Vittorio Gassman.

Empezó a conectarse con la música local y del mundo cuando, al cumplir los trece, Elio recién llegado del exilio, le regaló una radio portátil con audífonos. Y se identificó con la voz rotunda de Cortez en el tema de Cabral…  No soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad… Pero ser feliz parecía que no estaba en su identidad. No sabía cómo se es feliz, lo que conocía era el miedo disfrazado de rabia y la culpa, después de sus ataques de rebeldía. Hasta experimentaba un extrañamiento para consigo misma, como si mirara una figura borrosa desde un tren en marcha.

En su adolescencia consideró que no había cumplido con las expectativas de su madre: le había hecho más correcciones y reproches que elogios. De su padre, tan introvertido y misterioso, jamás descubrió qué esperaba de ella. Bruno debía verla como un insecto molesto y obstinado al que hay que espantar para que no fastidie. Para Elio, más ausente que presente, pudo representar un juguete divertido con el que se entretenía durante la fugacidad de sus apariciones. Y para sus maestras y profesores del secundario fue una alumna mediocre con potenciales sin explorar.

Pausadamente, pincelada tras pincelada, un trazo tras otro, se fue diseñando una identidad íntima, una pertenencia que la ligara a algo y así se le reveló que su patria era el arte. Ya no le dolía su extranjeridad ni el ostracismo al que se sometió sin darse cuenta: una parte de ella se apegó a ese mundo inventado y la otra se dedicó a observar el real y pintarlo desde sus ojos interiores.

Luciana no le había dado importancia a sus primeras acuarelas, que Piera le mostraba con entusiasmo esperando un estímulo, la aprobación hacia esa faceta de tanto valor para ella. En cambio, pocos años después, otra extranjera, Sonia, los admiró con palabras sencillas que no le significaron nada. No entonces.

Fue después de la venta de la casa, ese territorio amigo-enemigo, que empezó a mirar a Sonia desde las coincidencias y no desde las diversidades, de persona a persona, sin el matiz altanero que la asemejaba a Bruno.


*Cocoliche: es la lengua mezcla de español e italiano o de cualquier dialecto de Italia.


Sinopsis

Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana, su madre, muere cuando Piera tiene diez años. Renzo, su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con Sonia (la Segunda). Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana. Elio, es el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse. Bruno es el segundo hermano -con el que Piera se lleva mal- es agente financiero y su única preocupación parece ser el dinero. Tiene una feroz pelea con Elio, que es echado de la casa por su padre. Ella desconoce lo que ocurrió entre los hermanos.
César es abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. Piera visita a Micaela (que fue la novia de Bruno) y ella le confirma la sospecha de César: que con Elio eran amantes.
Al poco tiempo de separarse de César, muere repentinamente el padre de Piera y Bruno vende la casa familiar sin consultarla. Ante la soledad de Sonia, Piera empieza a acercarse a ella.



©  Mirella S.   — 2017 —





Un video simpático y ¡muuuuuy italiano! Para que se vayan con una sonrisa...

martes, 17 de octubre de 2017

11. Luciana y Renzo




Tan diferentes y, sin embargo, simbióticos como líquenes. Renzo dependía emocionalmente de Luciana, que lo necesitaba para desplegar su personalidad avasallante.

Él nace en Roma, ella en Pozzuoli, Nápoles, con el azul del Tirreno retenido en los ojos. Mi padre, un hombre metido para adentro, con inquietudes intelectuales, débil de carácter, se enamora de una muchacha explosiva, que no sabe hablar en voz baja, desborda vitalidad y disfruta de los placeres sensoriales.

Las energías del universo están en consonancia para que determinados encuentros se produzcan, me dijo Clara, la astróloga. Nada es casual ni fortuito, todo lo que ocurre forma parte de una trama vibracional que se manifiesta para que cada uno desarrolle el sentido de su vida. Quizás, según el criterio de Clara, el Marte en Escorpio de Renzo —símbolo de su masculinidad— y la Venus en Tauro de Luciana —expresión de su femineidad— hayan transitado esas mismas constelaciones zodiacales el día que se conocieron, auspiciando una reunión que, de otro modo, habría sido altamente improbable. Escorpio y Tauro: opuestos complementarios.

En la posguerra Luciana es enviada a Roma, donde tiene mayores posibilidades de conseguir trabajo. Con dieciocho años, se aloja en la casa de unos primos, que la reciben con la característica efusividad meridional.
La familia de Renzo, a pesar de las estrecheces de aquel tiempo, está en una mejor posición económica. Los padres son dueños de una panadería en el barrio de Trastevere y él está estudiando francés y latín para dedicarse a la enseñanza.

Luciana es una experta repostera y en su recorrida por la ciudad descubre el negocio y lleva algunas tortas y pasteles de muestra. La madre de Renzo los acepta y los exhibe sobre el mostrador. Días más tarde la llama para pedirle más y el local es impregnado por el aroma de especias que parecen orientales y despiertan la gula de los clientes.

Tengo escasos datos acerca del inicio de su amor. Renzo, como un adolescente, besaba a Luciana a escondidas, él, un hombre serio, conservador, un poco ido de la realidad, se derretía por abrazarla. Luciana, entre risotadas, lo empujaba, mostrándose arisca.

Comprendí que era un juego entre ellos, que a mi madre le gustaba el acecho, lo propiciaba para interpretar su acto de mujer a lo Sophia Loren y mi padre el de un Marcello Mastroianni algo ingenuo. Presencié sus efusividades de la misma forma en que se ve una película, como una espectadora a la que dejan sentada en una platea para que observe y aprenda lo que es el amor, sin involucrarme ni que me involucre en ese sentimiento sagrado que no compartían conmigo.



Piera apoya el lápiz en el cuaderno y se queda en suspenso, con la mirada perdida. No sabe cómo seguir, desconoce los motivos que empujaron a sus padres a desanclarse del país natal y abordar la aventura de un inicio en una tierra ultramarina. Sabe que Renzo, por intermedio de un cura conocido, ya tenía un trabajo como profesor de italiano, latín y francés en el colegio de Don Bosco, de la orden de los salesianos.

Luciana también contribuyó en los ingresos desplegando por el barrio su arte de preparar tortas, mermeladas caseras, bizcochos. Por la casa se esparcían olores anisados, a canela, jengibre. Y su madre, extrovertida, el cuerpo pulposo, con su hacer rústico, mientras cocinaba frutas y amasaba ingredientes, cantaba a plena voz las canzonette de su Nápoles inolvidable.

En esa época la cocina de la casa del limonero era una fiesta de fragancias, sabores y el eco de cantos nostálgicos.





Sinopsis

Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana, su madre, muere cuando Piera tiene diez años. Renzo, su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con Sonia (la Segunda). Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana. Elio, es el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse. Bruno es el segundo hermano -con el que Piera se lleva mal- es agente financiero y su única preocupación parece ser el dinero. Tiene una feroz pelea con Elio, que es echado de la casa por su padre. Ella desconoce lo que ocurrió entre los hermanos.
César es abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. Piera visita a Micaela (que fue la novia de Bruno) y ella le confirma la sospecha de César: que con Elio eran amantes.
Al poco tiempo de separarse de César, muere repentinamente el padre de Piera y Bruno vende la casa familiar sin consultarla. Ante la soledad de Sonia, Piera empieza a acercarse a ella.



©  Mirella S.   — 2017 —