miércoles, 14 de junio de 2017

Cadena alimenticia





Para mí, matar al gato fue en vano. Es cierto, no cazaba a los ratones, en cambio se comía los pájaros, que se comían los gusanos que hacen agujeros en el césped del jardín. ¿Qué comen los ratones, aparte de las hormas de queso apiladas en el sótano? Ellos también deben comerse algún bicho. Si por lo menos se dieran un atracón con las cucarachas, que lo más panchas se adueñaron de la cocina. El gato inclusive se despachó al pez rojo, que le costó un ojo de la cara a la tía Maru, y al que encima debíamos alimentar, ya que no podía comerse a nadie, encerrado como estaba en una pecera.

Las cucarachas comen lo que dejamos y empieza a pudrirse. Qué alivio si esas inmundas se bajaran a las hormigas saqueadoras del jardín. Laboriosamente nos pelan los rosales, los geranios, las fresias, ayudadas por las gatas peludas y los bichos canasto, tan repugnantes que creo no se los come nadie. A lo mejor  se animaría una araña bien grande, una tarántula, lástima que no hay por estos lados, aunque sería un peligro para nosotros los chicos.

Los ratones se han vuelto un problema, son angurrientos, roen maderas, cañerías, además de darle a los quesos. Una solución serían las serpientes, que los encantan con la vista, los dejan inmóviles y se los mandan de un bocado, eso lo vi en el Animal Planet. Pero pasa igual que con las tarántulas, no es una buena idea meterlas en la casa. Otra alternativa es contratar los servicios del restorán chino de la vuelta. Según mamá, hubo una época en que corría el rumor que la carne de los tenedores libres chinos era de ratas y gatos, sin discriminación.  No sé por qué tanto escándalo si en los lugares de categoría ofrecen caracoles, ranas, tortugas. ¿No es un asco comerse los chinchulines de la vaca o sus tetas o, peor aún, las bolas del toro? Se ponen de moda hábitos horribles: zamparse grillos, cigarras, víboras, para qué voy a seguir enumerando.

Mamá siempre nos recuerda que el hombre, como especie, es el peor de todos, tiene una gula retorcida, prepara los animales más repulsivos con salsitas rebuscadas, los condimenta con especias y finas hierbas. Por suerte no entramos en esa categoría de depredadores, como los llama ella, en casa somos vegetarianos, a excepción del abuelo, quien fue el que mató al gato. Como no lo pudimos convencer de seguir una dieta a base de verduras, cereales y legumbres, tiene el instinto asesino más desarrollado. Para despachar a Agustín, el gato, colaboró la tía Maru, que es una veleta: un día se engulle a escondidas un bife de chorizo y al otro, con la culpa que se le derrama por los ojos, hace penitencia con unas hojitas de lechuga.

El abuelo venía juntando bronca porque ama los pájaros. La gota que rebalsó el vaso fue cuando encontramos la pecera en el suelo y Agustín, acurrucado debajo de la mesa, trataba de hacer desaparecer el cuerpo del delito, pero lo delató la cola rubia que le asomaba por entre los bigotes. El pez era propiedad de la tía Maru y en ese momento le saltó la parte carnívora, salió de la indecisión y lo apoyó al abuelo. Entre los dos acorralaron a Agustín, el abuelo revoleando un cuchillo como si fuera el hacha del último de los mohicanos y con cara de loco gritaba: “¡los pájaros son sagrados, ni fuiste capaz de morfarte a los ratones…”!

No quise saber los detalles de la ejecución, me fui a la casa de una compañera del cole. Mis ruegos fueron tan en vano como la muerte del pobre Agustín. Debo reconocer que era raro Agustín, con esa debilidad por los pájaros. Se embuchó una pareja de teros, dos o tres torcazas y de los gorriones perdí la cuenta. El dicho “cuando el gato no está, los ratones bailan”, no se aplicaba en este caso, porque ellos, que formaban un ejército, no se amilanaban ante la presencia de Agustín, hasta le pasaban entre las patas. Él, que debía tener el estómago delicado, los esquivaba con la cola temblorosa cuando aparecían corriendo por las habitaciones. Un gato gourmet este Agustín, decía mamá.

Cuando volví en casa había un gran alboroto. Mis primos, vegetarianos más que nada por obligación, estaban armando tramperas con abundantes trozos de queso gruyere. En el fondo, junto a la parrilla en desuso (sólo servía para almacenar cosas viejas), el abuelo despellejaba a Agustín, que era gordo y atigrado, con la idea de curtir la piel y hacerse una gorra para el invierno.

Ese mismo día hubo una buena recaudación de lauchas y ratones. Las cucarachas de la cocina comprendieron que venían tiempos malos y no salieron de sus escondites. Me di cuenta de que las cosas habían empeorado cuando vi al abuelo sacar los cachivaches de la parrilla y limpiarla prolijamente. Por si esto fuera poco, escuché a mamá que decía que el abuelo a la noche iba a invitar a unos amigos con los que juega a las bochas, para cenar unos bocaditos especiales.


©  Mirella S.   — 2012 —


Glosario:
Angurriento: hambriento, ávido.
Bronca: enojo, rabia.
Morfar: comer.
Cachivaches: objetos que no sirven o están rotos.






miércoles, 7 de junio de 2017

La del medio




Mi hermana mayor es parecida a nuestra madre, una sibarita, con un cuerpo voluptuoso, en el que se sacralizan curvas y redondeces. Mis padres —sin titubeos— se decidieron por el nombre de Alejandra, por lo magna, ya lo era de recién nacida. Los hombres se dan vuelta cuando pasa por la calle, para verificar si la abundancia de adelante se repite por detrás. No quedan defraudados. Sin embargo, algo falla: a los cuarenta sigue solita y sola.

Mi hermana menor salió a nuestro padre: flaca por donde la mires, lisa como un palo de escoba. Es el cerebro de la familia; perdí la cuenta de todos sus títulos, masters y licenciaturas. Le pusieron Victoria y le hizo honor al nombre: su vida es la acumulación de un éxito tras otro. Ella sí se casó, con otro cerebro, un doctor en neuropsico… no sé cuánto y produjeron un cerebrito más, que usa los sesos para elucubrar las más increíbles maldades. Vicky y el neuro del marido, después de cada vandalismo, lo sientan y le dan unas cátedras de comportamiento llena de palabras incomprensibles, mientras el pendejo, con la cabeza gacha, pone cara de arrepentido para zafar lo antes posible de la perorata. Hay que reconocerle que es un actorazo, otra que Al Pacino.

No soy una perversa, pero no me imagino a esos dos en la cama. Toda la libido la tienen puesta en los estudios, la profesión, exhibirse en congresos y seminarios. A lo mejor se calientan hablando de la sinapsis de las neuronas. Su vida sexual y de cómo engendraron ese proyecto de Atila, que por donde pasa siembra la destrucción, es un enigma para mí.

Yo soy la del medio, triste ubicación, aunque tiene sus ventajas: nadie me da bola y no se meten en mi vida. Me llamaron María Helena (con hache) y me ilusioné pensando que fue por Helena de Troya, en cambio resultó un homenaje a una tía abuela, solterona y bien forrada, que les dejó a mis viejos una suculenta herencia. Desde chica me apodaron Mari y mis veleidades mitológicas se fueron al carajo.

No me parezco a ninguno de ellos y muchas veces dudé de mi legitimidad, lo que sería poner en tela de juicio la conducta de mi progenitora. No la podría censurar, teniendo en cuenta lo poco efusivo que es el viejo, siempre con la nariz metida en sus óleos y pinceles.

Mi piel es sospechosamente más oscura que la del resto de la familia. Nací y crecí en la casona de Floresta, rodeada por un parque impecable, con pasto inglés, hortensias, clivias, petunias, una lujuriosa Santa Rita, que un jardinero morocho y musculoso, callado y melancólico, cuidaba con ardor y escrupulosidad como si cada brizna de hierba o flor fuera el cuerpo de la mujer amada. Mientras trabajó en la casa, para mis cumpleaños, armaba un ramo con las flores más perfectas, se inclinaba para darme un beso y decía junto a mi oído con su voz ronca: feliz cumpleaños María Helena. Era el único que me llamaba por mi nombre completo.

Volviendo a la cuestión del soma familiar, no soy ni gorda ni flaca, ni linda ni fea, ni brillante ni seductora histérica, o sea “ni chicha ni limonada”. Una mina promedio, la gris hermana del medio. El relleno del sándwich. Y por más que un amigo me quiso consolar y me dijo que el relleno es lo mejor, lo más sabroso, yo, escéptica por crecimiento, le contesté que al relleno muchos lo sacan o lo descuartizan, porque el jamón no les va o el queso les da alergia o el tomate está pasado o dudan de la limpieza de la lechuga.

Tampoco entro en la categoría de casada o soltera; conviví ocho años con un hombre y nos separamos. No necesito ser objeto de adoración como Ale, la magna. Ni que me alaben los logros por las investigaciones sobre la vida íntima de ciertos insectos, originarios de una isla en el mar de Tasmania, como Vicky. La suya deja bastante que desear, desde que tuvieron al monstruito, ella y el neuro duermen en cuartos separados.

No soy centro de nadie, estoy en el medio de dos extremos que no pueden ser más opuestos: el cuerpo y la mente. Mis dos hermanas se mancomunan en una sola cosa: en ignorarme. Sé que las irrito porque digo lo que pienso, sin los eufemismos a los que recurren tanto ellas como los viejos. De algún modo se avergüenzan de mí, de mis opiniones crudas o de mi boca sucia, como dice mamá. Ale, la magna, seguramente de mi piel morena. Victoria elaborará alguna teoría respecto de la pobreza de mi cultura, carencia de ambición por triunfar o mi inteligencia mediocre.

Lo que no saben —o no les importa—, es que experimenté algo que en mi familia brilló por su ausencia. Esa palabrita de cuatro letras que jamás fue pronunciada por considerársela cursi, de culebrón de la tarde o de novelas de Danielle Steel. Se me pegó el hábito y tampoco la digo. Claro que la sentí en toda su magnitud, a diferencia del sabor insípido de sopa recalentada que fue la constante de los viejos y, supongo, de Victoria y el neuro. 

Y aunque ahora esté sola y la geografía emocional parezca una estepa deshabitada, el amor (finalmente puedo nombrarlo), ese amor me reconcilia con la vida, porque se me quedó adentro como un privilegio, un rescoldo amigo que me calienta los días. Algo que ellas nunca tuvieron.


©  Mirella S.   — 2013 —



martes, 30 de mayo de 2017

Budapest


Foto de André Kertész: "Budapest, 1914"




Mi sombra me precede, como si quisiera mostrarme el camino. La veo, delante de mí, más baja (o está encorvada). Esa proyección tenebrosa en la pared soy yo, con mi sombrero y mi gabán, los puños ocultos en los bolsillos. Sigo sus pasos atormentados; hay una luz que ciñe mis espaldas, una luz escrupulosa para definir la miseria del lugar.
Me pregunto por qué mi propia sombra me arrastró hacia esta casa cuarteada por el tiempo y la pobreza, que termina en una encrucijada furtiva.
Nuestros pasos son tan lentos que nunca vamos a llegar hasta las ventanas, casi a ras del suelo, con cortinas que velan el interior y pueden guardar tibiezas o atrocidades.
Este transitar pausado siguiendo a mi sombra me desconcierta y me veo envuelto en un juego de sombras chinescas y de pronto soy una sombra que sigue a otra sombra, dos siluetas espectrales proyectadas en la pared vieja de un barrio lejano.
Y si en algún momento llegamos a la esquina, donde los edificios se borronean sin identidad, allí seremos uno solo: yo sin mi sombra o la sombra sin mí, vagando por Budapest.


Hay un hombre que me sigue por una calle miserable que desconozco. Es una noche nublada, con un único farol que, a nuestras espaldas, alumbra lo necesario. La luz da de lleno en la pared cenicienta de una casa, sobre la que destacamos el hombre y yo, como si fuera una pantalla.
Él es más alto (o quizás estoy encorvado) y nuestras figuras se revelan en esa pared tosca, con manchas de humedad que suben desde los cimientos.
Los pies nos pesan y nos resulta difícil despegarlos de la vereda sucia, con el borde pespunteado de adoquines.
En mi nuca percibo la respiración anhelante del hombre que me buscó por toda la ciudad hasta encontrarme en este escenario absurdo. Y ahora se pega detrás de mí con su aliento frío, de muerto en vida.
Cuando pasemos por los ventanucos y doblemos en la esquina, el farol ya no iluminará y la oscuridad de este suburbio extranjero nos tragará ávidamente.


©  Mirella S.   — 2011 —


Este texto es uno de los primeros que publiqué en el blog.
Está basado en la foto de André Kertész.

Les agradezco mucho los afectuosos mensajes 
que me dejaron en la publicación anterior.
Abrazos.





lunes, 22 de mayo de 2017

Sin alas

Imagen: Laura Makabresku


Se acabaron las historias, la excitación de sentir el cuerpo facetado de la birome entre los dedos y su punta recorriendo los renglones, mientras una taza de café espumoso se entibia, olvidada, delante del cuaderno.

Se han muerto sus personajes internos, a veces enmascarados tras alguna cirugía para que no la reconozcan. O esos otros, tan antagónicos a ella que, probablemente, aparecían para complementarla.

Ya no hay anotadores o libretas llenos de frases que eran el puntapié inicial de futuros relatos. Ha quedado una anemia absoluta de ideas, las palabras han perdido tantos glóbulos rojos que no tienen la fuerza necesaria para reunirse y honrar un texto.

Aún peor, ella escapa ante cualquier oportunidad de sentarse y permitir que salgan y se expresen como sea. Ha cerrado esa puerta porque detrás intuye el abismo de que no hay más nada que contar. Y lo que surge es oscuro, como si ya hubiera entrado en la noche eterna del alma. Elige guardarlo para ella, la realidad es lo suficientemente lóbrega como para agregarle su cuota.

Tiene miedo, un miedo que aparece de golpe y la estrecha en un abrazo que la deja sin oxígeno. Cierra los ojos, inhala profundo e invoca alguna imagen amada para que la acompañe. No evade el arañazo de la angustia, aprendió a sostenerlo, sabe que pasará y volverá a vestirse con el traje gris de la monotonía.

Sí, se acabaron las historias, los deseos de buscar personajes, metáforas, corregir lo escrito.

El nido está vacío, un nido al que no llegan los pájaros que le traían un concierto de rumores recogidos en el bosque de la vida. Lo más probable es que sea ella la que se ha quedado sin alas y no consiga alcanzar esos mundos que se alejan y desvanecen.



©  Mirella S.   — 2017 —




lunes, 8 de mayo de 2017

Señales



Recordaste la época en que diseñabas señaladores para llegar a fin de mes, cuando, días atrás, encontraste uno en el cajón de los objetos olvidados. Te asombró la minuciosidad del dibujo y el buen estado que mantuvo a través de tantos años.

Estaban planeados hasta en sus menores detalles. Debían ser estéticamente bellos porque morarían en el interior de un libro, señalando el tramo de lectura ya recorrido.

Los pintabas con acrílicos de colores sobre una cartulina gruesa y los fijabas con un barniz en aerosol para su preservación. El paso siguiente era pegarles en el dorso una tela afelpada, con el fin de sostener la cintita de raso que indicaría la página abandonada.

Elaboraste muchos modelos (te aburría la repetición); los de mayor éxito y venta fueron aquellos con los signos del Zodíaco, que representaste según un criterio personal, diferente de los símbolos ya usados.

Qué extraño, en ese entonces no te interesaba la astrología y la elegiste como tema por pura desesperación porque nunca tuviste instinto comercial. Fue mucho tiempo después, empujada por otras circunstancias desfavorables, que empezaste a estudiarla desde un punto de vista nada tradicional, que se acercaba a la psicología junguiana. Esos señaladores expresaron una tendencia que ya estaba en vos, te ayudaron en un momento económicamente difícil, así como ocurrió más tarde con las clases, en las que aprendiste a conocer tu verdadera esencia: esa fusión de energías antagónicas que te conforman.

Hiciste lo que pudiste para salir a flote de las aguas intensas de tu emocionalidad. Mirás ese resto del pasado y sabés —ahora que tus fuerzas físicas mermaron y estás encallada en una orilla sin retorno—  cuánto vigor pusiste para insertarte en la realidad que te tocó en suerte.


©  Mirella S.   — 2017 —




miércoles, 3 de mayo de 2017

Abelardo Castillo: un gran escritor


Murió un excelente escritor argentino: Abelardo Castillo.
Lo conocí personalmente en un taller literario que él coordinaba. Mi pequeño homenaje es publicar uno de sus cuentos, para que quienes no lo conocieron lo lean 
y los que sí lo leyeron, lo recuerden.




El hacha pequeña de los indios


Después, ella hizo un alocado paso de baile y una reverencia y agregó que por eso ésta era una noche especial, mientras él, incrédulo, la miraba con los ojos llenos de perplejidad (o de algo parecido a la perplejidad, que también se parecía un poco a la locura), pero la muchacha sólo reparó en su asombro porque él había sonreído de inmediato y cuando ella le preguntó qué era lo que había estado a punto de decirle, el hombre alcanzó a murmurar nada amor mío, nada, y se rió, y siguió riéndose como si aquello ya no tuviese importancia puesto que estaba loco de alegría, como si realmente se hubiera vuelto loco de alegría. Por eso, cuando ella fue hacia el dormitorio y agregó no tardes, el hombre dijo que no. Voy en seguida, dijo. Pero se quedó mirando el hacha que colgaba junto al aparador de cedro, nueva todavía, sin usar, porque esas cosas son en realidad adornos o poco menos que se regalan en los casamientos pero que nadie utiliza y quedan colgadas ahí, como ésta, en el mismo sitio desde hace un año, haciéndole recordar cada vez que la miraba (de un lado el filo; del otro, una especie de maza, con puntas, para macerar carne) viejas historias de indios cuando él era Ojo de Halcón y mataba al traidor o al lobo empuñando un hacha parecida a ésta. Sólo que aquélla era de palo y ésa estaba ahí, de metal brillante, frente al hombre que ahora, al levantarse y cruzar la habitación, evocó la primera noche que cruzó esta habitación igual que ahora, el día que se casaron pese al gesto ambiguo de los amigos, pese a las palabras del médico, la noche un poco casual en que se encontraron casados y mirándose con sorpresa, riéndose de sus propias caras, después de aquel noviazgo o juego junto al mar en el que hasta hubo una gitana y fuegos artificiales y un viejo napolitano que cantaba romanzas, fin de semana o sueño que él recordaba desde el fondo de un país de agua como una sola y larga madrugada verde, como estar desnudo y algo ebrio sobre una arena lunar, de tan limpia, como un gusto a ola o a piel mojada pero sobre todo como un jirón de música de acordeón y la voz del viejito napolitano en alguna cantina junto a los malecones, vértigo que se consumó en dos días porque la muchacha era hermosa –linda como una estampa de la Virgen, dijo mamá al verla, te hará feliz, y también lo había dicho la gitana, que sin embargo bajó los ojos y no aceptó el dinero–, y de pronto estaban riéndose y casados, pese al gesto cortado de algún amigo al saludarla, pese a que ella quería tener un hijo y a la gitana que decía la buenaventura entre los fuegos artificiales, pese al espermograma y al dictamen médico y a que cada vez que la veía mirar a un chico, cada vez que la veía acariciarles la cabeza y jugar atolondradamente con ellos como una pequeña hermana mayor de ojos alocados y manos como pájaros, pensaba estoy haciendo una porquería y sentía vergüenza, y asco, un asco parecido al que lo mareaba ahora, en el momento de descolgar el hacha pequeña, mientras la sopesaba lo mismo que sopesó durante un año entero la idea de contárselo todo, de contarle que al casarse con ella él le había matado de algún modo y para siempre un muchachito rubio, un chiquilín tropezante que jamás podría andar cayéndose, levantándose, dejando sus juguetes por la casa: hasta que al fin esta misma tarde él decidió contárselo todo porque supo secretamente que ella, la muchacha de ojos alocados y manos como pájaros, la perra, entendería. Y llegó a la casa pensando en el tono con que pronunciaría sus primeras palabras esa noche (tengo que decirte algo), el tono intrascendente o ingenuo que tienen siempre las grandes revelaciones. Por eso el hombre estaba cruzando ahora la habitación y empuñaba el hacha pequeña de los indios que le recordaba historias de matar al cacique o al lobo, o a la grandísima perra que esta noche, antes de que él hablara, dijo que tenía algo que decirle: algo que ella había dicho con el tono intrascendente e ingenuo de las grandes revelaciones. "Vamos a tener un hijo", había dicho. Simplemente. Después, hizo un paso de baile y una reverencia.

Del libro "Las panteras y el templo"




Los iré visitando en la medida de mis posibilidades.
Por el  momento no contestaré a los comentarios que dejen, pero los leeré atentamente.

Abrazos para todos.



miércoles, 5 de abril de 2017

La valija rota y un mazo de Tarot




Candela Astorga prepara el equipaje sin nostalgias. Tiene cuarenta y dos años y es la última vez que recorrerá a solas la casa donde ha vivido desde su niñez.
Descubre que el cierre de la valija está descosido en un extremo; no hay tiempo para cambios y la asegura con una tira de elástico. Un hecho, trivial en apariencia, que la conecta con otro lejano: el relato —que había escuchado tantas veces y que imaginara otras tantas— de cuando su abuela materna Dolores vino de España con una valija de cartón sujeta con hilo sisal. La semejanza le parece propicia para la clausura de un ciclo. 
                                                                     
La abuela había viajado en un barco lento y atascado de fardos, baúles y familias que escapaban de la Guerra Civil. Antes de partir se había casado con Pedro Astorga, su gran amor. La historia se la contó innumerables veces, siempre con su voz similar al roce del papel de seda. El largo trayecto en barco fue su luna de miel. Desembarcaron en Buenos Aires, ella con diecinueve años, él con veintidós; luego de los trámites en Inmigraciones, subieron a un traqueteante tren a vapor que tardó ocho horas hasta Rosario. Allí los esperaba el tío de Pedro, un hombre considerable en su estructura física, aunque desconsiderado en sus modales. 
Don Juan Astorga era soltero, andaría por los cuarenta y los alojó en un cuartucho en los fondos de su ferretería. A su sobrino le encargó las tareas más duras, que él llevaba a cabo con mansa aceptación. Pedro era un espíritu sensible, nacido bajo el signo de Piscis, con ojos soñadores, que parecían elevarlo a regiones de la realidad que trascendían los rollos de alambre, las latas de pintura, los clavos y tornillos que lo circundaban. Que hubiesen llegado a la Argentina durante un eclipse total de luna había sido, según la abuela Dolores, un pésimo auspicio. Las consecuencias se revelaron meses más tarde: una extraña enfermedad postró a Pedro y murió a los pocos días.
Candela conserva las reflexiones de la abuela como un legado: con el nombre que me pusieron, Dolores, estaba predestinada a andar con el sufrimiento a cuestas; los nombres, igual que las palabras dañinas, dejan una marca indeleble. Por eso, para sus hijos eligió nombres optimistas: Buenaventura, Feliciano y Aurora, a la madre de Candela.
La abuela se regía por algunos conceptos esotéricos. Decía que el momento más bello y positivo del día es el amanecer; los matices del cielo son diáfanos y proponen un nuevo comienzo, una actitud de esperanza hacia el porvenir. Sin embargo con Aurora no acertó, ella fue una mujer amarga, de ojos infranqueables, con el rencor royéndole el alma.
El destino de la abuela Dolores se cumplió primero en Rosario, donde nacieron sus tres hijos y más tarde en Buenos Aires, en una concatenación de sucesos infaustos, que consolidaron sus creencias de que todo está escrito. Después de la muerte de Pedro fue como si una parte de ella hubiese pasado por el tormento del fuego, le consumió deseos y expectativas y le forjó otro sentido de las cosas. Aseguraba: el libre albedrío es una ilusión, lo único que se puede hacer es no generar resistencia ante lo que la vida dispone para cada uno. Lo que no significa resignarse.
No le quedó otra alternativa que seguir viviendo en la casa del tío Juan, quien la usó de sirvienta. Al tiempo, se le metió en la cama y se ahorraba de ir al lupanar —así le decía Dolores al quilombo del puerto— hasta que por comodidad y para que otro no se la robara debido a su serena belleza, la ató con el anillo del matrimonio. Todos los años le daba un hijo, pero después del nacimiento de Aurora, Juan quedó impotente y reemplazó las embestidas nocturnas por brutales palizas, una manera de descargar su frustración de macho.
Juan era una bestia de carga; sus únicos pasatiempos fueron las doce horas diarias en la ferretería y acumular ahorros. Odió a Aurora porque la consideró la culpable del menoscabo a su virilidad; instruía a los dos hijos varones en el desprecio por la mujer y el fervor hacia el trabajo. Tuvo la piedad de morirse de un ataque cardíaco el día que Dolores cumplió los cincuenta y tres, luego de haberla denigrado más de treinta años. La abuela agradeció a las fuerzas del universo por el imprevisto regalo, inició la sucesión y se deshizo lo más pronto que pudo del negocio y de la casa. Los hijos ya se habían ido, huyendo del rigor paterno y los dos mayores prosperaron por su cuenta. Dolores vendió los muebles y a medida que vaciaba la casa encontró una pequeña fortuna, dispersa en varios escondites. Alquiló el negocio y se fue a Buenos Aires a vivir con Aurora y con Candela, que recién empezaba el colegio primario.
Se mudaron a la casita con jardín en Floresta y Dolores hizo lo que sabía hacer mejor: criar a su nieta, mantener el hogar impecable y esparcir el aroma de la placidez a su alrededor. Comprendió que ya no lograría rescatar a Aurora del caparazón en el que se había guarecido; aún estaba a tiempo con la niña, que crecía en el yermo paisaje que era su madre. Dolores la salvó de la indiferencia de alguna vecina que la cuidaba, mientras Aurora iba de un empleo a otro pero, fundamentalmente, la salvó del espíritu árido de su propia madre.
La abuela tenía un inagotable repertorio de cuentos, inventados sobre la marcha, que eran el reflejo de su infancia y adolescencia valenciana, a través de los cuales mitigaba la nostalgia en la evocación del Mediterráneo y sus aguas color zafiro. De a poco introdujo a la nieta en el mundo secreto del Tarot, y desde sus arquetipos parecía convocar para sus niñas la comprensión y la benevolencia, tan escasas en sus vidas. El tío Juan —así llamó siempre a su segundo marido—, le decía bruja negra o diablesa cada vez que la sorprendía consultando las barajas que trajera de España. Y con sorna le preguntaba cómo era que no había podido predecir su temprana viudez ni lo aciago que sería su exilio de la patria. El viejo le decía —quizás no tanto porque lo creyera, sino con el fin de mortificarla— que con sus malas artes había eliminado a Pedro para quedarse con él y sus posesiones; que lo había embrujado hasta que consiguió la libreta, pero él, Juan Astorga, era más poderoso que ella, se libró del hechizo y la mantuvo a raya con las palizas.
Candela le preguntó si realmente podía predecir que algo malo fuera a suceder. La abuela desviando los ojos como si buscase la respuesta en memorias pretéritas, le contestó que las predicciones eran armas de doble filo. Lo que las cartas le habían transmitido antes de partir fue la intuición de futura infelicidad y que debía disfrutar al máximo cada momento con Pedro, lo que por suerte había hecho. Al nacer Aurora hizo una tirada y en la lectura supo que su hija le depararía pesar, pero también un júbilo enorme. Lo dijo con su sonrisa apacible y acarició la mejilla de Candela.

La abuela Dolores había muerto unos meses atrás de esta noche plena de recuerdos de valijas míseras e historias irrevocables. Se durmió para siempre a la edad de noventa años, en un atardecer azulino de niebla, recostada en su mecedora.
En cambio la muerte de Aurora, la hija rebelde y áspera, había ocurrido muchos años antes, cuando Candela tenía quince. Aurora fue una madre soltera. Apenas terminó el secundario se escapó a Buenos Aires; de esa época hasta que tuvo a Candela nunca habló, ni siquiera con su madre. Reapareció en Rosario con un embarazo de siete meses, se quedó unos días, los suficientes para que el viejo Juan desplegase su desprecio y armara alborotos tirando platos y cubiertos contra las paredes.
Dolores, a espaldas de su marido, que recién aparecía a la hora de la cena, se había formado una clientela como tarotista. Compró un pasaje y fue a Buenos Aires en cuanto Aurora le avisó que le faltaban días para el nacimiento. La acompañó durante un mes en la sórdida pensión donde Aurora vivía. A su regreso a Rosario, se atuvo a las consecuencias de su partida. 
De su padre Candela no supo ni el nombre ni quién era: se había esfumado de la vida de Aurora y fue para ella un fantasma imposible de olvidar. Su madre ejercía trabajos misteriosos y cambiantes. Decía: voy a hacer horas extras, no vengo a cenar. O: ahora estoy en otra empresa y vuelvo temprano. Pero la mayoría de las veces no daba explicaciones. No era ni linda ni fea, tampoco le importaba su aspecto, vestía casi siempre de negro y había heredado el mutismo y la dureza del padre. Un solo interés manifestó en su corta vida: el amor por la música, especialmente el violín. Dolores le había regalado uno antes de que abandonara Rosario: lo tocaba con una sensibilidad que no correspondía con su carácter agrio. 
Su muerte fue tan enigmática como su vida. Nunca se conoció la causa, si fue un crimen, suicidio o si un día algo en ella dijo basta y decidió morirse en el banco de una plaza. La autopsia no reveló drogas, venenos o golpes. Dolores, con la congoja latente en su voz, dijo que jamás se sabría la verdad porque era luna nueva, momento de tinieblas, donde no puede verse nada y todo queda oculto.
Para Candela no significó una gran diferencia no tener más en su vida a esa figura distante, esa ilusión de madre, que se proyectaba como una sombra chinesca en el telón de sus días.
Comenzó su propio camino de aciertos y errores, de elecciones y rechazos, siempre bajo el ala protectora de la abuela y junto a ella se sumió en la añoranza de la tierra de los antepasados, en la Valencia que el Mediterráneo acariciaba con labios pálidos de espuma. Se olvidó del presente, de ser fiel a una vocación, de entregarse al amor que le ofrecieron y formar su propio hogar. Siempre estaban la abuela, las cartas de Tarot y los sueños.

Ahora debe ponerle un  broche a los recuerdos, como le ha puesto el elástico a la valija. Mañana partirá para España a cumplir un sueño o a destruirlo definitivamente; a hacer algo por sí misma y por las mujeres de su familia; cerrará un ciclo y le dará un sentido a más de setenta años de sufrimientos.
Un nuevo inicio, otra aurora simbólica, sola, con su valija desahuciada y las cartas de Tarot, a los cuarenta y dos años, justo en la crisis de la mitad de la vida. La abuela Dolores le hubiera dicho: cuando se mira hacia atrás y se ven únicamente ruinas, es hora de cambiar el rumbo.


©  Mirella S.   — 2010 —


miércoles, 29 de marzo de 2017

Un no-poema de Gavrí Akhenazi



¡Que tengas un muy feliz cumpleaños, Gavrí! 
Aquí va mi regalito y un abrazo.


Story by silence


Sólo intento que hables,
que no pierdas tu vocación de casa,
tu vocación de albergue con ventanas al sol.

A veces,
estás sellada lo mismo que una tumba a la que nadie atiende

(ya te veo los cabellos en llamas por el verbo que uso)

¿a la que nadie acude ni escucha
ni le llora sobre su corazón?

Sólo intento que hables
que no pierdas tu vocación de casa albergadora,
tu dimensión que canta,
tu multiplicación de horror vacui sobrepoblada de esencia y adjetivo,
tu realidad virtual que depende de los cortes de luz

- no de tu luz, aunque tu luz titila -

¿qué le pasa a tu luz?

Sólo intento que hables aunque sea, de vez en vez, a veces,
de vez en cuando
de cuando en cuando a veces

intento que no pierdas tu vocación de casa
que vuelvas a tu mundo
que no te pierdas en el largo viaje en el que todos nos perdemos siempre

porque es penoso y largo el universo
que no tiene palabras.

Sólo intento que hables desde el silencio escrito
que escribir el silencio es todo un arte,
un arte que difiere del silencio que todos conocemos por silencio.

Yo ya no quiero ser un guardián de faro
que espera por un barco que no llega.

Quiero verte encallada en las palabras como un coral despierto,
como un idioma insólito,
como un hecho de la profundidad del alma humana.

Sólo intento que hables de tu larga vocación de albergue
para que vuelvan las botellas al mar de este silencio.

Esas botellas de tiempos de vacío
donde coleccionaste las palabras.


© Gavrí Akhenazi  (No-poemas, así los define Gavrí)

© Mirella S.




miércoles, 22 de marzo de 2017

Desjuiciada

Imagen Benoit Courti


Obedientemente, al llegar a su casa y como le indicaran, la mujer se cambió el tapón de gasas que presionaba la herida. Salió un manojo empapado de un carmín brillante. Un río tibio y dulce fluyó por su boca. Ya tenía listo otro montoncito de compresas que aplicó con cuidado y sostuvo apretando las mandíbulas. Dejó pasar media hora y repitió la operación con el mismo resultado.

Cada tanto separaba los labios y el espejo le devolvía unos dientes de vampiro que acababan de morder a su víctima. Con un hisopo intentó inútilmente limpiarlos sin abrir demasiado la boca. Un hilito ya se le escapaba por una comisura. No debía ni escupir ni agacharse ni hacerse enjuagues o buches.

El riachuelo manaba suave y sin pausa, encharcando la cavidad bucal. Inclinó apenas la cabeza y un surtidor, de un rojo impertinente, desbarató la blancura del lavatorio. No hubo merienda ni cena, solo algunos sorbitos de agua corrompida por el gusto de la sangre.

Casi había agotado el stock de gasas que, famélicas, absorbían el rico jugo que brotaba de lo que parecía un cráter. El festín de Drácula seguía.

Llamó por teléfono para pedir instrucciones. Oyó el ring-ring que se prolongaba hasta un corte brusco. Ni el contestador salta, pensó ella, que se había acomodado el enorme tapón para emitir algún sonido coherente.

Y así hasta que llegó la noche.

Respiró su propio miedo, se vio pálida, puro ojos, los labios salpicados con grumos que se iban secando. Se recostó en varios almohadones, la cabeza erguida, rodeada de pañuelos de papel, las gasas restantes y un tazón como receptáculo de su líquido esencial. No apagó el velador; la soledad le dio un mordisco y le expandió la sensación de que era la única sobreviviente de un mundo en ruinas. Pronto también el dormitorio se derrumbaría.

Imaginó sus venas cada vez más finitas y se preguntó qué color toman las venas vacías. Le costaba mantener las mandíbulas tensas, le dolía el cuello, pero si las aflojaba y entreabría los labios se le meterían esos moscardones que rondaban cerca de su cara. Intentó formar una barrera con las manos. De dónde vendrían si todos los vidrios estaban cerrados. Emitían un zumbido monótono, adormecedor y ella luchó para que sus párpados no se bajaran como persianas vencidas.

Cuando volvió a abrirlos el sol doraba las paredes. Tenía la boca seca, amarga, quitó las gasas amarronadas, con la lengua tanteó en la encía superior el hueco que había quedado después de la extracción de la muela del juicio. No dolía y la hemorragia había cesado. Volvió la mirada hacia la mesita de luz: allí estaba el tazón con la sangre y unos moscardones flotaban entre islotes de coágulos.




©  Mirella S.   — 2016 —







miércoles, 15 de marzo de 2017

Las sandalias de oro y los guantes de seda



a Amadî

El príncipe Orlando por decisión de su madre, la reina Alba, vivía en un palacio en el interior de una rosa. Siempre había sido un niño con una salud muy frágil y Alba consultó al hada protectora de esa comarca, quien le dijo que debía conducirlo al palacio de mármol blanco, construido en el centro de un capullo de rosa.
Si permanecía allí, el príncipe viviría sano y joven para siempre y también aquellos que lo acompañaran. Alba temía envejecer, por lo tanto estuvo de acuerdo con las indicaciones del hada. Pidió a su esposo, el rey, que ordenara trasladar la corte entera al palacio de la rosa. Él, con gran tristeza, le dijo que no podía traicionar la palabra dada a sus súbditos el día que fue coronado. Debía quedarse.
Alba siguió adelante con la propuesta del hada. Preparó a Orlando, eligió la comitiva que los acompañaría y el hada los condujo a su nuevo destino.

Los años pasaron, el príncipe crecía fuerte y hermoso y Alba estaba contenta porque no había perdido su belleza ni su juventud. El niño le hacía muchas preguntas sobre qué había fuera del palacio. Alba le contestaba siempre que era mejor no saberlo, allá todo era horrible y cruel. Orlando no podía imaginarse ese mundo desgraciado que le describía la madre, él solo conocía la belleza, los juegos, las fiestas y la comodidad.
Sin embargo, esa vida empezó a resultarle monótona.
Tomó la costumbre de mirar por la ventana de su cuarto, a pesar de que veía siempre el mismo panorama: los pétalos blancos que envolvían el palacio. Un día los pétalos se movieron, como agitados por la brisa y Orlando pudo ver a lo lejos formas y colores desconocidos. Después la cortina de cerró y la blancura acostumbrada rodeó el palacio.
Desde ese momento Orlando se sintió inquieto: pensaba incesantemente en esos matices nuevos. El mundo era algo más que el corazón de la rosa donde vivía. Y como no sabía qué era envejecer ni enfermarse, no tenía miedo a lo que pudiera ocurrirle del otro lado.
Harto de suspirar y mirar por la ventana, no escuchó las súplicas de su madre y cubriéndose con un manto, salió del palacio. Cruzó varias capas de pétalos y, por fin, se encontró afuera.

Al recorrer el mundo aprendió lo que era malo y lo que era feo. Pero también encontró belleza y bondad y cada vez que le pasaban cosas buenas, las disfrutaba más, porque había conocido las desagradables.
De tanto viajar el manto se fue deshilachando, tuvo que trabajar para comer y en sus manos aparecieron callosidades. Al cruzar un arroyo de aguas límpidas, se vio por primera vez desde que había dejado el palacio: ya no era tan hermoso y su pelo estaba salpicado de hebras blancas.
En uno de sus viajes encontró a un anciano acostado a los pies de un árbol. Parecía muy enfermo, Orlando le dio un poco de agua y se detuvo a cuidarlo. El viejo, de vez en cuando, abría los ojos y murmuraba una única frase: las sandalias de oro y los guantes de seda. Cuando murió, Orlando lo cubrió con piedras y ramas y prosiguió su camino.

Llegó a una ciudad con edificios altos y grises. Sus habitantes caminaban apurados, con la vista fija en los adoquines de la calle. Los días que no trabajaban se iban al campo con linternas, lupas, picos y palas. Se ponían a cavar y revisaban cada terroncito de tierra, una y otra vez. Orlando pensó que con esos pozos destrozaban la hierba y las plantas.
Se acercó a un hombre y lo saludó.
—Qué maravilloso atardecer, nunca vi un cielo tan transparente ¿no le parece?
—¡No estoy para perder el tiempo en esas tonterías! —contestó el hombre de mala manera.
—¿Por qué cavan esos pozos, qué buscan? —preguntó Orlando.
El hombre, sin dejar de remover el pasto, le contestó:
—Las sandalias de oro y los guantes de seda.
Orlando recordó las palabras del viejo moribundo y siguió preguntando:
—¿Para qué sirven las sandalias de oro y los guantes de seda?
El hombre se pasó un pañuelo por la cara húmeda de sudor y lo miró con desconfianza.
—No soy de este país y no conozco las costumbres —le explicó Orlando.
—Quien encuentra las sandalias de oro será poderoso y rico para siempre y si también encuentra los guantes de seda será eternamente joven y hermoso.
—¿Cuántos pares de sandalias y de guantes hay? —preguntó Orlando.
—Cada uno tiene su par de guantes y de sandalias, sólo hace falta encontrarlos.
—Pero si los encuentra ¿cómo sabe que son los suyos y no los de otro?
—Únicamente yo podré ver mis sandalias y mis guantes, los de los demás son invisibles para mí.
—¿Alguien los encontró? —quiso saber Orlando, cada vez más interesado.
—Sí, sé de un hombre que encontró una sola sandalia y de una mujer que encontró un guante.
—¿Y qué les sucedió?
—El que encontró la sandalia se volvió rico, pero no tenía poder, tampoco la juventud ni la belleza. La que encontró el guante sería eternamente joven, pero le faltaba la belleza y ser rica y poderosa.
—Y entonces ¿qué van a hacer?
—Continuaremos buscando hasta el último minuto de vida o por toda la eternidad, si fuera necesario. Nadie descansará hasta no tener completos el par de sandalias de oro y los guantes de seda. 

Orlando se alejó pensativo. Recordó a su madre, que para no envejecer, prefirió quedarse encerrada en el interior del capullo de la rosa y se dijo que él había hecho bien en irse por el mundo. Ahora conocía el egoísmo, la codicia, la mentira, también había hallado generosidad, amor, gente honesta. Había disfrutado de la magnificencia de la naturaleza y descubierto la alegría de ser libre. En muchas oportunidades tuvo que juntar coraje para enfrentar situaciones difíciles. Había aprendido bastante de los errores propios y ajenos.
Se fue rápido de esa ciudad tan triste, donde sus habitantes desperdiciaban la vida detrás de una obsesión.
Siguió viajando por el mundo con la mente abierta, serena, dispuesto a descubrir cada día algo nuevo que floreciera en su alma.



©  Mirella S.   

Ilustración: Arthur Rackham

Es de cuando escribía cuentos infantiles... en el siglo pasado.
Espero no se aburran.

Abrazos para todos.