jueves, 26 de diciembre de 2013

Vacilaciones




Foto de Mirella S.



La luz lateral ciñe los rasgos,
pinta un claroscuro de incertezas,
geometría de ángulos y perspectivas.

Un pie quiere subir, el otro se afirma
resguarda la voluntad del equilibrio. 

Ojos que se apartan de las sombras
acechantes al final de la escalera.

Misterio del vacío, puerta sin llave.

Como un artífice del azar
se abre al equívoco de un sueño.



©  Mirella S.    
Diciembre 2013






domingo, 22 de diciembre de 2013

Un regalito, desde el corazón...



Camille Engel (Estados Unidos)


Cuando era chica para Navidad siempre esperaba que me regalaran un libro y, si se podía, una muñeca. 
Pero el libro estaba primero. 
Hoy mi regalo para todos ustedes no serán palabras, sino estas  imágenes que nos hablan de libros y de lecturas, a través de cuadros e ilustraciones de artistas de todos los tiempos y de distintos lugares del mundo. 
Para mirarlas y disfrutarlas con los ojos del alma. 

¡Felicidades para todos!


¡Gracias Johannes!

Michelangelo Merisi "Caravaggio" (Italia, 1573-1610)

Jan Vermeer  (Holanda, 1632-1675)

Jean Honoré Fragonard (Francia, 1732-1806)

Retrato de Emile Zola
por Edouard Manet (Francia, 1832-1883)

Mary Cassat (Estados Unidos, 1845-1926)

Edward Hopper (Estados Unidos, 1882-1967)

Salvador Dalí (España, 1904-1989)

Claude Verlinde (Francia, 1927)

Ilustración de Charles Wysocki (Estados Unidos, 1928-2012)

Jimmy Lawlor (Irlanda 1933-2012)

Arte digital de Dave Cutler (Estados Unidos 1942)

Ilustración de Jonathan Wolstenholme (Inglaterra, 1950)

Gurbuz Dogan Eksioglu (Turquía, 1954)

Acuarela de Stephen Scott Young (Hawaii,1952)

Arte digital de Jim Tsinganos (Australia 1964)

Slava Groshev (Rusia, 1971)

Ilustración de Elina Ellis (Inglaterra, contemporánea)

Rosaria Battiloro (Italia, 1984)







Leer y entender es algo;
leer y sentir es mucho;
leer y pensar es cuanto puede desearse.

Anónimo


martes, 17 de diciembre de 2013

Manos a la obra







El jefe de mamá, don Amílcar Segovia, tenía la costumbre de apelar en sus conversaciones a una gran profusión de frases hechas.
A la salida de la escuela yo iba para la oficina y esperaba que ella terminara la media hora que le faltaba cumplir. Era una media hora fascinante. El señor Segovia siempre estaba hablando con alguien por teléfono, con mamá o con clientes y era entretenido escuchar expresiones novedosas para mí.
Muchas mencionaban partes del cuerpo. Una vez le dijo a un cliente: hagamos el trato a ojos cerrados; mientras que a otro lo increpó: se le debería caer la cara de vergüenza; y a un proveedor le advirtió que él no se chupaba el dedo. A mamá le aconsejó que anduviera con pies de plomo con un tal Fernández, que hablaba hasta por los codos y no tenía dos dedos de frente. En cambio para cobrar un trabajo, dijo: tuve que luchar a brazo partido para defender lo mío con uñas y dientes.
Lo más extraño era que por temporadas usaba modismos basados en la misma palabra. Y cuando empezó a insistir con las frases que contenían la palabra mano, las fui escribiendo en la última hoja del cuaderno borrador. Así me enteré que se había quedado en la empresa para darles una mano a los chicos, que no tenían experiencia y así se fogueaban. Según mamá, los “chicos” eran dos vagos cabezas de chorlito, casi cuarentones. A ella, de tanto escuchar al señor Amílcar, se le pegaron algunas de sus expresiones y de los hijos decía que si uno les daba una mano, se tomaban el pie.
El tema de las manos me interesó, era la parte de mi cuerpo que más cuidaba porque quería ser pianista. Constantemente las movía, practicando escalas en el aire y me provocaba un placer inefable tocar superficies lisas, igual que el teclado del piano, por donde mis manos se deslizaban con facilidad y las yemas sentían las vibraciones de los materiales convertidas en música.
Lavar las manos a menudo, ponerles crema, recortar y limar las uñas y posibles asperezas con la piedra pómez, era un ritual cotidiano que practiqué siempre, aún después de haber comprendido que las clases de piano en lo de la señorita Noemí eran insuficientes y no teníamos dinero para pagar el Conservatorio; sin embargo todavía cultivaba la esperanza. Sentarme calladita en el sucucho que le servía de oficina a mamá, con el manual abierto en la punta de su escritorio para disimular, era la gran diversión de esa época.
Detrás de la puerta vidriada podía oír el vozarrón del señor Amílcar, a quien yo imaginaba robusto, con una barriga curvada tipo balcón, en la que se gestaba esa voz gruesa, altisonante, que transmitía tantos dechados de sabiduría popular.
La tarde que salió de su recinto, me asombró ver a ese hombrecito alto, tan magro en carnes al punto de parecer un anticipo de cadáver. Le alcanzó unos papeles a mamá y dijo, con esa voz que —después de haberlo visto— me sonó de ultratumba: con este pedido no hay que dormirse en los laureles, ayer tuve un mano a mano con los de Lima y todo marcha sobre rieles.
El señor Segovia debía andar por los ochenta. Conocerlo personalmente coincidió con el período de locuciones con la palabra “manos”. Fue un período inolvidable para mí, sin embargo, lo verdaderamente sensacional eran los refranes.
Cuando Luisito y Andresito —los grandulones de los hijos, que él seguía tratando como a dos cachorros indefensos— se encandilaron con un hipotético negocio que los haría ricos, él los frenó con un más vale pájaro en mano que cien volando. Ante la propuesta de una expansión desmesurada para entrar en competencia con una empresa prestigiosa del ramo, dictaminó: más vale ser cabeza de ratón que cola de león. Me quedé boquiabierta la vez que no sé quién lo amenazó con un juicio y el viejo, sin inmutarse, le espetó: más vale mano de juez y dedo de escribano que brazo de abogado. Los refranes que empezaban con más vale me sonaban tan categóricos como si contuvieran una amenaza velada o una admonición.
Mamá me comentó que el cariño por Luisito y por Andresito obnubilaba al señor Amílcar y no veía o no quería ver (ojos que no ven, corazón que no siente), que los holgazanes metían la mano en la lata, o sea: robaban a cuatro manos y que la pequeña pero sólida empresa que al señor Amílcar le había costado sangre, sudor y lágrimas llevar adelante, se estaba desmoronando gracias a esos ingratos. Información que fue corroborada por una frase que largó el viejo casi en un susurro, pero que escuché claramente detrás de la mampara que dividía las dos oficinas: la mano viene pesada.
Fue ella la que pescó a los inescrupulosos con las manos en la masa y le llevó al desolado señor Amílcar las pruebas irrefutables de la traición. El pobre largó una seguidilla de lugares comunes que apenas alcancé a anotar. Primero escuché un gorgoteo como de una cañería tapada o de alguien que se atragantó con un huesito de pollo y después la voz, más retumbante que nunca, dijo: éstos vinieron con una mano adelante y otra atrás y ahora se quieren ir con las manos llenas, mientras yo las tengo atadas. Y la perla máxima: cría cuervos y te sacarán los ojos (nuevo ruido a gárgaras). Ponía las manos en el fuego por ellos, cuando los traje creí tocar el cielo con las manos, sí, es verdad que se pasaban buena parte del día mano sobre mano, siempre creí que muchas manos en un plato hacen mucho garabato.
Ese fue el principio del fin. Unos meses después, cuando el negocio bajó las persianas, me di cuenta de que mamá no podría costearme más las clases con la señorita Noemí y el Conservatorio entró a formar parte de una realidad que no tenía que ver conmigo.
El señor Amílcar Segovia saldó todas las deudas, indemnizó al personal y se despidió diciendo: ustedes, sin comerla ni beberla, pagaron el pato, mientras que otros se hicieron el agosto. Por suerte quedamos a mano.
Colgó un cartel rojo de SE VENDE en la entrada y se retiró a su oficina. Lo encontró el sereno, que había ido a buscar sus pertenencias, volcado sobre el escritorio; las manos afiladas (que se volvieron hermosas en el recuerdo) sosteniéndose el pecho.
Mamá sentenció: como se vive se muere, y el señor Amílcar murió con las botas puestas.
Él decía tantas cosas que ahora pueden parecer obvias, como de un solo golpe no se derriba un roble, persevera y triunfarás o manos duchas, comen truchas. Y yo era buena para las manualidades; decoré cajitas, hice collares, pulseras, muñecos de paño lenci y así me pude pagar la media beca que me dieron en el Conservatorio. Si llegué hasta donde llegué, ni más adelante, tampoco más atrás de lo que me correspondía, fue porque no me crucé de brazos y puse manos a la obra. 

©  Mirella S.  -2011-       



Imágenes sacadas de la Web



Es un cuento viejo (se nota), que escribí en el taller literario. 
La consigna era armar un texto que contuviera frases hechas.
En este lado del mapa hace mucho calor y estamos  esperando las vacaciones, 
tal vez, necesitamos algo más ligero para terminar el año.
O soy yo que lo necesito...






domingo, 8 de diciembre de 2013

Las voces del olvido







Cuando me siento sola hay una voz que, como el viento, se cuela por la ventana y sisea en la noche de mi soledad. Me impide escribir, no puedo elegir las palabras, las confundo, se enredan en un murmullo del cual no obtengo significados.
Es una voz andrógina, por momentos tiene un timbre femenino, en otros se vuelve grave. En realidad son varias voces, hombres y mujeres de mi historia, quedados allá afuera y ahora vienen a cumplir con las visitas que no me hicieron antes. Voces muertas, voces olvidadas que se filtran por los quiebres de la memoria. Pensé que no llegarían hasta aquí, pero me han alcanzado.
A veces entiendo alguna palabra suelta y la anoto en la libreta que me permiten tener. De inmediato el sentido de lo que estaba escribiendo se altera, pierde coherencia. Entonces me estremezco al pensar en las miradas aviesas que circularán por la ronda de sillas a la hora de la lectura.
Desde que me confiscaron el lápiz con la punta afilada, del que las palabras caían como cuchillos, no me place más dibujar las letras con esta fibra gruesa. Detesto el manchón carmesí de mis tachaduras, no hay forma de borrar las palabras equivocadas de la tinta que se derrama sobre el papel barato. La hoja se llena de heridas que supuran mi desconcierto.
Las voces o los murmullos son algo reciente, aparecieron cuando dejé de tomar la pastilla celeste. Ahora tengo un retazo de cielo escondido en la funda de la almohada, me arrebata de la oscuridad del cuarto y me conduce al color glauco del atardecer. Quisiera que esos susurros fueran trinos de pájaros y no letanías de ausentes.
En las horas alargadas por el insomnio, ejecuto la autopsia de los recuerdos y me revelan las máscaras de aquellos que fueron, ya no son o serán en otras patrias. A medida que el cielo se expande en el vientre de mi almohada, también las voces se multiplican como larvas. Empiezo a reconocerlas, presto atención y dejo que el extremo de la fibra se desangre en la hoja vacía.
Habrá expresiones de sarcasmo en el círculo de sillas ante mi libreta en blanco, sin embargo ya no me importa. Alguien dirá la poeta ha enmudecido, y querrán que hable. Pero estaré distraída, ahora mi prioridad es la exhumación de las voces.
El interés por lo que está fuera de mí es cada vez más escaso; el foco está puesto en la tarea de reconstrucción. Desmenuzo los sonidos y voy ubicando a quién pertenecen. 
Quizás no esté más sola, porque detrás del rumor de las risas, la vehemencia de ciertos adjetivos, empiezo a distinguir formas. Como sombras chinescas proyectadas en la pared, se agitan en saludos espasmódicos.
Extiendo los brazos, las llamo. Quedan expuestas las vendas de mis muñecas y sin pensar me las arranco, lo mismo que la bata. Y las sombras se arremolinan a mi alrededor, acaso para cubrir la desnudez de mi cuerpo.

 ©  Mirella S.   2013






1.  Foto de  Mariska  Karto
2.  Foto de  Matthew  Scherfenberg






martes, 3 de diciembre de 2013

Hilitos

 Fragmento de un cuadro de Daria Petrilli


Un hilito cuelga de la cortina. Trato de sacarlo, arruina la simetría impecable del paño. El tirón es demasiado brusco y la tela se frunce. Sigo tironeando y el hilo resalta en la trama, igual que la vena hinchada y rugosa de un viejo. He estropeado la cortina, lo mismo que hice con tantas situaciones de mi vida.

Me matriculé de arruinadora profesional, en esa búsqueda tenaz de excelencias que no existen. Los placeres terminan por empañarse ante mis ojos.

Lo que llaman felicidad no se pega a mis dedos, ni embadurnándolos con Poxipol. Desearía que durara algo más y no resulte una expectativa frangible, que cuando empieza a modelarse, acaba rota en pedacitos insignificantes. Siempre ansiando absolutos, cosas que se cierren con la pureza de un círculo.

Hay privilegiados a los que ciertas felicidades les llegan fácilmente. Las guardan en cajitas llenas de compartimientos y clasifican las horas de dicha, que subsisten en un orden escrupuloso.

Yo también quise amarrar esos instantes. Les he destinado un cajón de la cómoda y acumulo en él vestigios del ayer: la rosa seca, fotos, la alianza, el libro que me suavizara el espíritu, ese botón dorado que levanté de la acera y fue una gota de sol en el charco fangoso de los días. Y otros restos de puntillas que habían adornado mis buenas rachas.

Cuando hago un recuento de mi pequeña fortuna, confirmo que ha perdido el valor original. La rosa es sólo un manojo de pétalos momificados que no me remiten a una evocación precisa. El anillo se vistió de luto y las palabras del libro —ahora— se volvieron estériles.

Son objetos sin conexión con el presente. Nunca los pude ordenar: están enmarañados en la urdimbre de todos aquellos hilos que he ido arrancando de cortinas, dobladillos, mangas, manteles, en mi insistencia de perfección.

Pobres dosis de dicha que perviven, desordenadamente, en el recoveco de las quimeras insensatas.




 ©  Noviembre 2013    Mirella S.








miércoles, 27 de noviembre de 2013

Estatuaria




Fotos de Mirella S.



A tu alrededor la gente ruge su fatiga
en un rock'n roll galvánico, 
gritos que no rozan siquiera
tu quietud ni tu silencio.

Quién se esconde tras la cara blanco tiza,
copia triste de pierrot 
o Marceau inmovilizado
 en el giro de una mímica.

Te quedas mirando los pétalos bastardos

de la rosa imperturbable
mientras ejecutas cada día
tu ensayo con la muerte.


©   Mirella S.  -  Noviembre 2013
      
      





jueves, 21 de noviembre de 2013

Aniversario




... y echaron a volar.


Cruzaron el océano, atravesaron los Andes, pasaron por el ecuador y alcanzaron el otro hemisferio.
Los pájaros volvieron con mensajes en sus picos. Las palabras que llevaban habían germinado en tierras lejanas, compartiendo nutrición con las semillas de otros nidos.

Cuando abrí las jaulas donde guardaba las palabras (léase cuadernos, archivos de pc, hojas sueltas), no tenía expectativas. Ni siquiera me gustaba la Web, menos manejar un blog. Aprendí con el viejo método de ensayo y error, en una computadora que pedía a gritos jubilarse. No me quedó más remedio que pasarla a retiro y en Navidad me regalé una más acorde a las nuevas necesidades.

Este fue un año intenso y activo. No podía dejar de festejar este aniversario y agasajarlos de alguna manera.
Increíblemente, a lo largo de estos doce meses recibí muchas visitas. Se crearon lazos, algo inimaginable para mí: fuertes lazos virtuales.

No soy de las que hacen balances, prefiero agradecer. De las buenas experiencias, disfruto; de las otras, aprieto los dientes e intento comprender qué me están mostrando de mí misma y cuál es el aprendizaje. El tiempo termina por descubrirme la enseñanza, lástima que soy tan ansiosa y en la espera, como dice el tango, se me pianta un lagrimón...

Un blog lo inicia el propietario, pero crece y se conforma entre todos los que vienen y aportan sus opiniones. Sin ustedes este espacio no tendría para mí ni vida ni sentido. 
Por eso y por tantas cosas más que no sabría explicar:

¡Gracias!

A los muchos que me leen en silencio.

A los que aparecieron fugazmente y a los esporádicos, porque el nido es abierto y promulga la libertad.

A aquellos que no me comprendieron y a los que yo no comprendí. Somos humanos y, a veces, las palabras no salen en la combinación exacta.

También a los que, en algún momento, no pasarán más por aquí, pero de los que conservaré el afecto y el apoyo que me brindaron.

Y a los que siempre están y me siguen acompañando en este extraño viaje que emprendí y con el que me enriquezco día a día.

Aunque mi voluntad es de hierro, mi cuerpo es bastante frágil y quizás no pueda mantener un ritmo constante. Como me comprometo y no sé hacer las cosas a medias, procuraré encontrar un equilibrio para quedarme cerca lo más posible.




  
Este año lo gasté, sí, pero de tanto usarlo. 
Para mí los resultados de esta experiencia
fueron excelentes e inolvidables.
Espero haberles aportado algo con mis 
palabras como pájaros...



Un abrazo grandísimo, para que llegue a todas las latitudes.






lunes, 11 de noviembre de 2013

El príncipe infeliz







Versión libre, actualizada y "aporteñada" 
del cuento "El príncipe feliz", de Oscar Wilde.

¿Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia...?


La estatua infeliz del Príncipe de los mares mira a la golondrina que duerme en el puño de la espada. Ya no tiene el rubí. La muy ladrona se lo robó, seguramente para empeñarlo y jugárselo al Loto o, peor todavía, a algún matungo* del hipódromo. Clavado que le batieron una fija* y la boluda perdió todo.
Desde el alto pedestal en la Plaza Mayor puede ver a través del ventanuco de una bohardilla zaparrastrosa a un chico enfermo, mientras la madre recibe al cliente en el baño, porque no hay otra cama. El pibe delira en la piecita helada y le parece que un caballero engalanado lo mira con piedad desde un lugar remoto.
El Príncipe piensa que la golondrina es una urraca disfrazada que lo despoja. Se llevó todas las láminas de oro con que estaba recubierto y debe haber hecho buena ganancia ahora que el metal precioso cotiza tan alto. Apuesta que después compró dólares y vestida de “arbolito”* se habrá parado en la calle Florida voceando “vendooo... vendooo”.
Si se pudiera mover la decapitaría con un solo golpe de la espada, pero es de piedra y a él se le herrumbraron las articulaciones con la humedad que viene del río.
Sabe que no va a durar mucho, los del gobierno están peleando con el alcalde de la ciudad porque le da la espalda a la Casa Anaranjada. Una falta de respeto, dijo la Reina, una provocación para desestabilizar su reinado. Al alcalde le importa un pito la estatua emblemática, pero se opone a sacarla para llevarle la contra a Su Majestad.
El aspecto del Príncipe se ha vuelto deslucido y los turistas ya no se detienen a disfrutar el fulgor del oro besado por el sol. Sin su valiosa piel, se lo ve ceniciento, la cara y las manos descubren su vejez milenaria.
Aún le quedan los ojos, dos zafiros que resplandecen de ira al ver las miserias de la ciudad, la desidia de la gente, la basura que se apila en las esquinas, los atracos brutales, la corrupción descarada de las autoridades.
El Príncipe de los mares no es feliz y no le importa cuando lo bajan del pedestal y lo dejan tirado entre los hierbajos hasta que alguien dictamine su destino. 
Tampoco le importa que unos cartoneros* se lleven los zafiros. Lindas piedritas pa’ que los pibes jueguen a las bolitas, les escucha decir. Total no le sirven, ya ha gastado sus últimas lágrimas.


Glosario:
Matungo:  caballo viejo y achacoso.
Batir una fija:  dato que da como seguro el triunfo de un caballo en las carreras.
Arbolito:  persona que ofrece en la zona céntrica compra o venta de dólares, ilegalmente.
Cartonero:  persona que recolecta cartones entre la basura.

©  Mirella S.  2013





La tontería es infinitamente 
más fascinante que la inteligencia.
La inteligencia tiene sus límites,
la tontería no.

Claude Chabrol



jueves, 7 de noviembre de 2013

Día literario: Articuentos






El libro
"Articuentos" de Juan José Millás

El libro se parece a un agujero negro cuya atracción es tal que absorbe y distorsiona todo lo que sucede cerca de él, incluidos el tiempo y el espacio. De manera que a lo mejor son las ocho de la mañana y tú vas en el autobús a la oficina, pero de súbito, eres arrebatado por esa masa gravitatoria llamada libro, que llevabas en la mano o en el bolso, y apareces en un escenario diferente, identificado, por ejemplo, con un individuo que se lava las manos llenas de sangre en la pila de una cocina francesa, mientras en el dormitorio de esa misma casa ha empezado a enfriarse un cadáver. Y no son las ocho de la mañana, sino las diez de la noche. Y no es primavera, sino invierno. Y tú no eres ese sujeto sin pasado que ahora se baja del autobús, sino este otro que, después de borrar las huellas dactilares de las copas de coñac, se pone un abrigo oscuro y huye escaleras abajo.
Al cerrar la novela cesa la atracción, y es, una vez más, la hora de fichar, así que fichas y entras en la oficina, donde mueves papeles de un lado a otro o atiendes el teléfono con la eficacia o la pereza de siempre. Has vuelto a tu dimensión, en fin, sin que nadie se diera cuenta de que te habías ido. Si tus compañeros supieran que en lugar de venir de casa, como procede, vienes de una cocina francesa en cuya pila te has lavado las manos llenas de sangre, se quedarían espantados. De hecho, quizá no seas el mismo ahora que antes de haber leído el libro. Por tu sangre discurre el argumento desdichado o feliz que estaba en la novela, del mismo modo que los exploradores vuelven con malaria de África o de Molokai con lepra.
Hay más libros que playas, y en ellos está contenida la materia oscura que los físicos buscan en las estrellas. Si has leído la novela del individuo que se quita la sangre de las manos, ya siempre serás ese individuo, siempre, sin dejar de ser tú y, lo que es más sorprendente todavía, sin dejar de ser al mismo tiempo el cadáver que comenzaba a enfriarse cuando descendiste del autobús. Pura materia  oscura, pues, invisible, como la conciencia, pero real como tu jefe.




Juan José Millás, escritor y periodista nacido en 1946 en Valencia, España.
En su numerosa obra, de introspección psicológica en su mayoría, cualquier hecho cotidiano se puede convertir en un suceso fantástico. Para ello creó un género literario personal, el articuento, en el que una historia cotidiana se transforma por obra de la fantasía en un punto de vista para mirar la realidad de forma crítica. Sus columnas de los viernes en El País han alcanzado un gran número de seguidores por la sutileza y originalidad de mirada para tratar los temas de la actualidad, así como por su gran compromiso social y la calidad de su estilo.







Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.

Jorge Luis Borges

lunes, 4 de noviembre de 2013

La historia del hombre gordo







El mocoso está más desatado que nunca y no logro ponerlo en vereda. Hoy se porta peor porque la madre fue a cenar con el señor que conoció en la oficina. 
Parece una araña, trepándose por los muebles; ya me cansé de correrlo por todos los cuartos. Se me acabaron los argumentos, decirle: Ariel, calmate o se lo voy a contar a tu mamá, con él no surte efecto. Claro que la culpa no es suya, cómo va a hacer caso si ella jamás lo reta. El mocoso le tomó el tiempo, cada vez que se manda una macana o quiere conseguir algo patalea y se revuelca por el suelo, ella empalidece y le promete el oro y el moro con tal de que se calme. Entonces Ariel hace los últimos pucheros, se refriega los ojos con los puños y detrás de las lágrimas finales asoma la sonrisa compradora que usa para desarmarla. 
Conmigo todavía se frena bastante, lo tengo cortito, no le festejo las payasadas y me pongo seria cuando dice que le duele la panza para no hacer lo que le pido. Sin mosquear le muestro el remedio de gusto asqueroso y, mágicamente, se le pasan las ñañas. 
Esta noche andaba con ganas de mirar la película romántica de los viernes, por sus berrinches me la voy a perder. No quiere acostarse, el muy turro. Se escondió debajo de la mesa y está déle golpear el auto nuevo contra el piso; sé que no va a parar hasta romperlo. A veces me da lástima, por lo del padre, que se fue de un día para el otro y nunca más se supo.
Lo voy a dejar que se canse y después lo meto en la cama. Cuando está así hablarle no sirve, se retoba más, justo esta noche que necesito un poco de tranquilidad. Una también tiene sus problemas y me iba a venir bien distraerme con la peli. 
Él sigue debajo de la mesa y me canta: Susi dientuda, Susi tarada  y tac-tac-tac con el auto golpeando el piso. No aguanto más tanto bochinche. Trato de sacarlo, pero él se corre y con la voz ya afónica grita:
Soltame o le digo a mamá que me pegaste.
Con que esas tenemos. No quiero ponerme en cuatro patas y arrastrarme por el piso atrás de él. Vuelvo a sentarme en el sofá y me cruzo de piernas. Que le quede bien claro que no voy a seguirle el tren. Es entonces que me acuerdo del hombre gordo y con voz indiferente le digo:
—Si no salís de ahí y dejás de decir mentiras, va a venir el hombre gordo a buscarte.
Lo del hombre gordo se me ocurre por lo que pasó esta tarde. Mientras íbamos en el ascensor subió un tipo que era como una montaña de gelatina de frutilla, Ariel se me pegó a las piernas y llorando pidió que nos bajáramos. Sé que asustarlo con el recurso del gordo es igual a cuando la abuela nos amenazaba con el hombre de la bolsa, las primeras veces nos achicábamos, pero al ver que nunca aparecía, no se lo creímos más. 
Con Ariel funcionó: se calla de golpe, suelta el auto y se asoma. Apoya el mentón en las rodillas y se las abraza. Oigo el inicio de unos hipos inconfundibles. En fin, va a moquear un poco y después se quedará dormido.
Esquiva las patas de la mesa y se acurruca junto a mis pies. Siempre me impresionó su piel tan lechosa, con las venitas azules que se le transparentan a lo largo del cuello. Sus mejillas están mojadas, los ojos se le agrandan y brillan, parece perdido.
Con un dedo sucio rasca la costura de mi zapatilla. Me hace acordar al cachorro que encontré una vez en la calle y me siguió hasta la puerta de casa. Lo empujo con el pie suavemente. 
—Vamos que te acuesto —le digo. Me agarra el tobillo con las dos manos.
Quedate conmigo, no quiero dormir solo —me pide con una voz que nunca le escuché. Chau película, van a ser las diez y está sin sueño. 
Lo ayudo a levantarse y lo llevo al dormitorio. Le pongo el piyama; está manso, entregado. Me doy cuenta de que no deja de mirarme mientras abro las sábanas, aparto el edredón y doblo su ropa. Ariel se tapa hasta el pescuezo y con esa vocecita nueva, dice:
Susi, contame la historia del hombre gordo.
Eso no me lo esperaba, qué sé yo del gordo del ascensor. La abuela no nos hablaba del hombre de la bolsa, no sabíamos quién era ni de dónde venía, era sólo una sombra escurriéndose en la noche o unos pasos que resonaban en la oscuridad. Sin embargo algo tengo que inventar. Le arreglo la almohada, pienso en el hombre gordo y en verdad es escalofriante. Como la masa de una torta gigantesca que leuda sin parar, desborda el molde y chorrea blandamente. Lo más siniestro es la cara, tan inflada que la boca y la nariz casi desaparecen. Los ojos son dos pasas de uva, apenas sobresalen de la masa. De pronto quiero olvidar al hombre gordo, con su impermeable oscuro que parece una carpa y los pobres mechones que le decoran la calva rosa. 
A pesar mío empiezo a fabricar su historia, lo miro a Ariel y digo:
—Había una vez un hombre muy pero muy gordo y malvado, aunque antes él no era así, era flaco y tremendamente bueno.
—¿Y por qué se vuelve gordo y malo? —me interrumpe Ariel, ansioso.
Eso sucedió después que lo engañaron —prosigo—. Él tenía siete hijos y trabajaba duro para que no les faltara nada. A la noche volvía cansado, pero contento de poder estar con ellos. A pesar de que eran desobedientes y caprichosos les traía regalos, sin embargo cada dos por tres los chicos le faltaban el respeto, hasta se reían de él, que sin darle importancia, decía que eran travesuras de chicos sanos. El hombre gordo, cuando era flaco y bueno lo podía perdonar todo, menos una cosa.
Qué —pregunta Ariel, antes de que yo tuviera tiempo de seguir.
Las mentiras —contesto sin pensar y al mirarle la cara blanca, tensa, algo se me contrae en el estómago y me acuerdo de la expresión de Sergio, cuando quise arreglar la metida de pata y él descubrió que había estado con Julián.
—¿Y? —me apura Ariel. Sigo:
Un día se entera de que sus hijos le mienten siempre… y cuando un hombre bueno se enoja, agarrate Catalina, porque la desilusión le hace saltar la parte oscura que todos tenemos adentro y… —qué estoy diciendo, Ariel me mira y no entiende una palabra—. Esa noche, mientras sus hijos duermen, el flaco que se volverá gordo, agarra un cuchillo y los mata a los siete
—¿En serio? —dice Ariel, con los ojos igual a dos lunas negras. Se ha destapado, saca un brazo y mete su mano en la mía. Digo:
Sí, y para que nadie se entere le pide a la mujer que se los cocine, que le prepare niños envueltos. Y él se los come. Así empieza a engordar y se convierte en el hombre gordo.
Ariel parpadea y su cabeza se hunde un poco más en la almohada. Presiento que comenzar una historia es como abrir una puerta. Quizás todavía esté a tiempo de cerrarla, de retroceder y darle un final feliz. Sin embargo algo me empuja a seguirla en los términos en que la empecé. El mocoso está asustado, no se va a dormir y me pasa lo mismo que cuando la abuela nos contaba de la última esposa de Barba Azul, que entra en la habitación prohibida y del horror de lo que descubre se le cae la llave en un charco de sangre, y por más que la limpia no le puede quitar la mancha.
—¿Y después que se los comió a los siete, qué hizo?
La pregunta de Ariel me devuelve al dormitorio y a su alegre empapelado con ositos jugando. Froto mi mano libre contra el edredón, como para limpiar una salpicadura que sólo yo puedo ver.
Bueno, de ahí en más el hombre gordo se dedica a perseguir a los que dicen mentiras. Cada noche sale a buscar mentirosos y siempre encuentra a alguno, por el olor los encuentra, las conciencias sucias largan un olor feo. El hombre gordo puede olerlo y el mentiroso terminará en la olla.
—¿Y la mujer del hombre gordo?
—Ah, ella también lo engañó y fue a parar a la olla
Ariel gira los ojos, inquieto, sus dedos están fríos.
—¿Y por dónde entra? 
Eso no lo sé, pero siempre consigue entrar.
—¿Y qué más?
—Nada más. Él camina por las calles, después que todos se fueron a dormir. Camina despacio, por lo gordo que es. Usa un impermeable oscuro. Sus ojos, que habían sido hermosos, ahora son como virutas de metal incrustadas en su cara gorda.
Van a dar las doce, la mamá de Ariel no tardará en llegar y al fin podré irme. Él se chupa los labios resecos y dice:
No te vas a ir, verdad Susi.
Niego con la cabeza y le sostengo la mano fría y mis dedos también están tiesos y húmedos.
Cerrá los ojos y dormite de una vez. 
Pero él no quiere y los mueve constantemente. Me duele ver su cara pálida, como si le hubieran exprimido toda la sangre. Miro como los ositos en la pared arman juegos en un bosque esmeralda.
El ruido de la llave en la cerradura nos pone alerta. Unos pasos lentos se acercan por el pasillo. Ya ni sé si los dedos que tiemblan son los míos o los de Ariel.

©  Mirella S.  — 2011 —











Se miente más de la cuenta
por falta de fantasía;
también la verdad se inventa.

Antonio Machado