miércoles, 28 de septiembre de 2016

Sombras, nada más



Confluyeron en la misma esquina y el topetazo los dejó aturdidos.
—Epa —dijo él cuando se repuso del choque. Con voz profunda agregó—: dónde va como alma que lleva el diablo. Caramba, lo que hay acá es un angelito de Dios.
—¿Qué? —contestó la chica y trató de mirarlo por entre la maraña del flequillo.
—La pucha, la veo y la vida se vuelve color de rosa —replicó el hombre.       
Ella se removió el pelo con unos dedos llenos de anillos y gritó:
—Loco, salí.
—No me pare el carro*, no le estoy haciendo el verso*—dijo él y soltó una risita que le brotaba del fondo de la garganta y parecía dirigida a sí mismo.
El único ojo libre que tenía la chica, relumbró de hostilidad. Dio un paso al costado, estiró el cuerpo como hacía en las clases de Tai Chi, pero el otro había hecho el mismo movimiento y volvieron a chocar.
—Bueno, parece que el destino no quiere que me le despegue —dijo él y la miró de arriba a abajo. Sonrió y se le arqueó el bigote azabache. Se quitó el sombrero y con la palma de la mano se acarició el pelo engominado.
—Uf —bufó la chica.
Con un salto se separó y se fue taconeando fuerte. Caminó unos metros y se detuvo en la parada del colectivo. Era una calle tranquila, de casitas con jardines y los tilos en la vereda perfumaban el atardecer. Ella buscó algo en el bolso y cuando levantó la cabeza tuvo un sobresalto.
—¿Qué hacés acá, me estás siguiendo? —preguntó en un tono brusco, para disimular la inquietud.
—No mi paloma, espero el bondi*, igual que usted —contestó él haciendo una reverencia.
—Qué pegajoso —murmuró la chica entre dientes. Le echó un vistazo, mientras apartaba un mechón de pelo, que intentó sostener detrás de la oreja. La cara del tipo era un pergamino, los bigotes teñidos de negro, igual que el pelo aplastado al cráneo; vestía un traje oscuro a rayitas.
—Me estás mirando las tetas —gritó ella. Y más fuerte—: ¡viejo baboso!
—Es que en este momento quisiera ser un dios para descansar mis fatigas en esas dulces colinas del Olimpo —contestó él.
La chica pestañeó, y se llevó una mano a los labios para disimular la risa. Hablando entre los dedos, dijo:
—Qué boludo.
—Al menos le arranqué una sonrisa, parece que hemos roto el hielo —replicó él, bonachonamente.
—No me reí, calmate, loco —dijo ella, otra vez en tono despectivo.
—Con usted nunca me pasaría de la raya ni me saldría con un domingo siete. No se me enoje. Es solo un poco de chamuyo*, sin ánimo de ofender. Deformación profesional, sabe.       
—¿Sorry?
—Darle un poco a la sin hueso, hasta que venga el 109.
—Está tardando mucho —dijo la chica, sacó el celular, pulsó unas teclas.
—Parece que la esperan, con un bomboncito así como para no estar con el alma en vilo.
El mechón había vuelto a deslizarse hacia la cara, ella lo miró con el ojo derecho y siguió tecleando con el pulgar; sus uñas eran cortas y pintadas de verde. Guardó el teléfono y se asomó para ver si venía el colectivo.
—Nada —cabeceó hacia atrás para sacarse el pelo de la cara.
—No tendría que escatimar ese par de luceros del alba que el cielo le dio.
—Y dale con los clichés. Parecés de la época de Gardel y por el traje el empleado de una casa de velorios.
—Algo de eso soy, sí —musitó él—. Volví con la frente marchita y esta es mi noche triste.       
—Decime ¿trabajás en una tanguería* y te mandan así vestido para hacer alguna promo?
El hombre rió silenciosamente y tardó en contestar.
—Ya no, lo que ve es lo que me hizo el entrevero* con la vida.
—La vida no hace nada que uno no facilite —sentenció ella, petulante— es cómodo echarle la culpa a la vida.
—Vaya, vaya, a usted sí que le gusta llamar al pan pan y al vino vino. Pero no agarre para el lado de los tomates*, mi reina. Ve esto —señaló una marca que le bajaba desde la oreja y se perdía en el cuello de la camisa—. Esto, como diría Carriego*, son imborrables adornos sangrientos: caprichos de hembra que tuvo la daga.
—Así que una minita te cortó como a un salamín —dijo la chica,  burlona.
El hombre agachó la cabeza y la cara amarillenta se agrietó en arrugas sutiles, como si de pronto una gruesa capa de maquillaje se estuviera resquebrajando. La sonrisa, en medio de la catástrofe en que se había convertido su cara, era casi irreal.
—Un tropezón cualquiera da en la vida. No tengo más palabras que las de Discepolín*: uno busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias… aunque te quiebre la vida, aunque te muerda un dolor.
La chica, por enésima vez, se corrió el pelo y en su expresión se transparentó la sorpresa. Estaba en la mitad de la calzada desierta, cuando se encendieron los faroles de la calle, que apenas dieron algo de claridad. 
—¿Llorás? —preguntó en voz muy baja; revolvió en el bolso y le alcanzó un Kleenex.
Él negó con la cabeza, se chupó los labios y dijo:
—Te falta tomar mucha sopa todavía, la vida no es dos más dos son cuatro —era la primera vez que la tuteaba.  
Ella trasladó el peso del cuerpo de una pierna a la otra, se tironeó un aro que le colgaba hasta el hombro y volvió a fijarse en la posible llegada del colectivo. Desde el centro de la calle le preguntó:
—¿Qué onda, a qué te dedicás?
Le llegó una carcajada arenosa; él se acercó con los bigotes elevados por una sonrisa y la chica pensó que se había equivocado: no estaba llorando, había sido el efecto de la luz filtrándose entre el follaje de los árboles. Un juego de luces y sombras en la cara marchita. Después de un silencio, él contestó:
—Uh… estuve en tantas cosas. Fui un orillero*, compadrito y fanfarrón. Trabajé para peces gordos, que metían la mula* con los votos. Me tajearon —y se tocó la mandíbula—, pero también tajié. Iba a los piringundines* del Bajo con mi sombrero ladeado y el pañuelo de seda al cuello. Por las minas me metí en camisa de once varas y cuando ya no me dio el cuero ni para el cuchillo ni para tanto hembraje, empecé a laburar* en los radioteatros. Tenía voz potente, de varón, me dijeron. Entrar en al ambiente de la radio fue dar en el clavo, hice borrón y cuenta nueva y por los años cuarenta me interpreté a mí mismo, haciendo de malevo* en “Juan Barrientos, carrero del 900”*. Nunca protagonicé, siempre me llamaban para hacer de malo, porque tenía el tono justo, decían. También tuve que agarrar los libros ¡quién te ha visto y quién te ve! —de nuevo la risa ronca—. Porque las palabras se volvieron importantes, debía hablar bien. En el folletín “Fachenzo, el maldito”, en una parte había que representar a un jinete que venía por el campo, entonces un fulano se encargaba de agitar unas piedritas dentro de una cacerola, para hacer el tacatac tacatac del galope del caballo. Con los ruidos se las rebuscaban bárbaro en esa época y los radioescuchas se lo creían y se juntaban alrededor de los aparatos de radio para escucharnos. No es por alardear, pero reuníamos a las familias. Una tarde el Oscar Casco se quedó afónico, lo reemplacé. Nadie lo imitaba como yo cuando decía la frase que lo llevó a la posteridad: ¡mamarrachito mío…! A la Hilda Bernard se lo decía. No avancé más porque me dormí en los laureles y cuando vino la televisión ya era un veterano y había perdido la facha. 
—Si todo lo que contás es así, debés tener como cien años —dijo la chica, mirándolo fijo con cierta desconfianza.
—Es la pura verdad, se lo juro por lo más sagrado: la vieja. —Con el índice hizo una cruz sobre sus labios. Se rió y agregó—: soy igualito al ave Félix.
La chica iba a corregirlo, pero en ese momento sonó el celular y se alejó unos pasos, habló brevemente, cortó y se volvió hacia el hombre.
—Parece que desviaron el colectivo, hubo un accidente, llego tarde a la facu, me tomo un taxi en la avenida. Voy para el centro, si querés te acerco.
—Le agradezco, mi cielo, pero no —la voz, de repente, sonó triste.
—Por qué —preguntó ella, intrigada.
El hombre sacudió la cabeza y no contestó.
—Vení, andá a saber cuánto más tenés que esperar. Dale.
—El que nos hayamos encontrado en ese cruce de calles, no fue moco de pavo. Además, esperar es morirse de a poco… y se puede morir indefinidamente.
—Sos todo un personaje, mirá que hablás raro —la voz de la chica titubeó por primera vez cuando dijo—: me da cosa que te quedes acá, solo.
—No se preocupe m’hijita, al Cuervo Soria nadie se le atreve —hizo el gesto de meter la mano derecha adentro del saco.
—Bye bye, entonces. Cuidate —dijo ella.
Él la saludó con una mano en el pecho, hizo una especie de venia. A la chica le costaba irse, despacio se encaminó hacia la vereda de enfrente.
Desde el otro lado de la calle se volvió con la intención de sacarle una foto con el celular. No entendió por qué quería tener un recuerdo de ese galán antiguo. Pero en el poste del 109 no había nadie, sólo las sombras de las hojas de los árboles, agujereadas por las candilejas de luz que se filtraban de los faroles. Y el aroma de los tilos, celebrando la tibia noche de noviembre.


 ©  Mirella S.  —2010— 

Glosario
Parar el carro: contener a alguien que se excede de palabra o de hecho.
Hacer el verso: envolver a alguien para conseguir algún fin.
Bondi: colectivo, transporte público.
Chamuyo: hablar, conversar.
La sin hueso: la lengua.
Tanguería: local nocturno donde se baila o escucha tango.
Entrevero: lucha, pelea.
Agarrar para el lado de los tomates: desvirtuar del sentido de una conversación.
Evaristo Carriego: poeta argentino (1883-1912)
Discepolín: Enrique Santos Discépolo fue un compositor, músico, dramaturgo y cineasta argentino (1901-1951)
Orillero: habitante de los suburbios; compadrito: individuo de clase social baja, afectado en la vestimenta y pendenciero.
Meter la mula: engañar
Piringundín: bar de ínfima categoría, generalmente sucio y con mal aspecto.
Laburar: trabajar.
Malevo: malviviente, matón.
“Juan Barrientos, carrero del 900” y “Fachenzo, el maldito” fueron dos novelas transmitidas por la radio entre 1940 y 1950 (datos obtenidos en la Web)
Oscar Casco: actor considerado un símbolo del radioteatro, reconocido por su voz grave y expresiva.
Hilda Bernard: actriz argentina de radio, cine y televisión.



jueves, 22 de septiembre de 2016

Crónica urbana



Había hecho su casa en la esquina de dos avenidas, entre una entidad bancaria y una pizzería. Sus pertenencias eran un colchón cubierto por una sábana que tomó el matiz de la intemperie, un par de frazadas, un cajón de manzanas,vacío, sobre el que descansaba un televisor en blanco y negro, siempre encendido. Sabrina nunca supo si eran los del banco o los del bar quienes le proveían la conexión. Algo secundario, así lo constató con el correr del tiempo: todos lo querían, estaba integrado a la geografía del barrio como una isla risueña en medio del transitar espasmódico de peatones y de vehículos.
Él, Alejandro Ferreiro, Ale para los vecinos, tenía una sonrisa permanente que le estiraba los labios y le achinaba la mirada. Reía a menudo, palmeando el lomo de su último compañero, un perro de raza que desentonaba con su dueño por su pelaje lustroso y unos ojos increíblemente acaramelados.
Cuando Sabrina se mudó al barrio, Alejandro ya vivía en su esquina. En ese entonces los perros que lo acompañaban eran tres y compartían colchón y televisor con él. En los últimos años sólo había quedado el de los ojos color miel.
No pedía limosna, tampoco era disminuido mental, como ella había pensado en un principio. Su edad era indefinible, pero después de la desaparición, en una noche helada de julio, el nombre trascendió completo y que tenía cuarenta y dos años. Los vecinos y los de la pizzería hicieron la denuncia, hasta se publicó su foto en algunos diarios. Y no sólo faltaba Ale, tampoco estaban su colchón, el televisor ni el perro. La esquina se veía desoladamente vacía, como si manos rapaces le hubieran robado algo vital.
Por sus actividades ella pasaba seguido por el lugar y en los primeros tiempos le daba cierto pudor mirarlo, sensación que le ocurría con aquellos que viven en la calle. Sentía un malestar que era una mezcla de tristeza, culpa, por su costumbre de arrogarse responsabilidades que no podría asumir. Como ser humano ¿no le correspondería ayudar a otro abandonado? Claro, se contestaba, pero son tantos los que proliferan, rodeados de cartones, con sus carritos cargados con lo poco que les queda, mientras sus cuerpos se cubren con estratos de suciedad y se desmoronan aceleradamente como edificios fantasmas.
Alejandro no era así, el vecindario lo había adoptado, él sonreía y acariciaba a su perro. A Sabrina le miraba las piernas si usaba pollera y el trasero si estaba con jeans. Quería silbar para demostrar su admiración, pero no sabía hacerlo, apenas lograba un salivoso shi-i shiiii. Su mirada no era ofensiva y la gente, incluso Sabrina, reían por su torpeza silbatoria.
Estaba tan mimetizado con el rincón de la ciudad que había elegido, que terminó pasando desapercibido como el quiosco de diarios o el semáforo. Los consuetudinarios daban por descontada su presencia allí.
El asombro de no verlo dejó a todos tan fríos como ese amanecer de invierno. Y empezaron las búsquedas, las investigaciones, su imagen en los medios de comunicación.
Sabrina lamentó no haber cruzado palabras con Ale, apenas sonrisas ocasionales. Una semana más tarde se enteró de que había muerto de neumonía en un hospital porteño; los del Gobierno de la Ciudad se lo habían llevado esa noche de hielo en que sacaron a los sin techo que pudieron de las calles debido a las bajas temperaturas. Nadie lo creyó, la ciudad se había vuelto desconfiada, escéptica.
A los pocos días de saberse la noticia de la muerte de Alejandro, la esquina se llenó de flores, de velas encendidas, notas adheridas en la pared del banco. La gente al pasar se persignaba ante el improvisado altarcito, como si algo sagrado hubiese permanecido en esos metros de vereda. El ritual duró varios meses, las flores se renovaban y Sabrina pensó que el barrio había convertido el sitio en un santuario.
Los improvisados floreros hechos con latas y botellas gradualmente fueron desapareciendo. Los vecinos hicieron una colecta y se colocó en el piso una placa conmemorativa con los datos de Alejandro. El banco autorizó que en su pared de mármol algún artista pintara, como si fuese un sello, la cara de Ale en una gigantografía que sonríe para siempre.
Sabrina sigue transitando esa esquina y cada vez que lo hace tiene la precaución de desviarse unos pasos para no pisar la placa.


©  Mirella S.   —2014—




El relato está basado en una historia real que me contaron.



miércoles, 14 de septiembre de 2016

Río celestial



La idea me la dio Hugo, el sobrino de Amanda, que tenía experiencia en esos avatares. Así enterró al padre, al suegro, a la tía, en cómodas cuotas mensuales y en sitios dignos que ni parecen cementerios. Ahora que había terminado de pagar esas cuotas, iba a empezar con las de la madre, que está medio achacosa y anda por los setenta y cinco, como Amanda. Yo tengo ochenta, soy de Tauro y me siento más fuerte que un roble, pero Amanda es pisciana, con su emocionalidad a flor de piel es una esponja, sensible a la mínima variación en el medio ambiente.
El bolsillo no nos da para el “Parque de Luz” como a Hugo. Él es jefe de ventas en una empresa importante y con las comisiones redondea un buen sueldo. Nuestras jubilaciones apenas alcanzan para subsistir y darnos gustitos modestos.
Hablando del tema en el bar de Ramírez, donde los viernes voy a tomarme unos moscatos, alguien tiró el nombre de la funeraria Mataderos 24 horas. Miré al de la sugerencia por si me estaba cargando y con mi voz ronca, a fuerza de cigarros y moscatos, le largué: 
—Ahí te sacan con las patas para adelante en cuanto cruzás la puerta para preguntar. 
El otro me aclaró que el nombre se debía a que la funeraria estaba en el barrio de Mataderos, que sus precios eran accesibles y el servicio fenomenal.
No lo comenté con Amanda, no quise perturbarla con cuestiones lúgubres. Desde casa tuve que tomar dos colectivos que me acercaran a la calle Tapalqué. 
La impresión del negocio fue desfavorable: un edificio descascarado, con un gran cartel que en pleno día guiñaba con luces rojas Matadero (la “s” estaba apagada), las 24 horas. Una iluminación más acorde a un albergue transitorio que a una funeraria. La oficina era un cuarto despojado con el escritorio, dos sillas, un fichero. Varios atriles adosados a la pared exhibían un muestrario de coronas, con flores polvorientas de plástico.
El empleado usaba un gorrito cónico, verde; cuando se bajó de la silla y se me acercó, me pareció que estaba ante uno de los enanitos de Blancanieves. La punta del gorro apenas me llegaba al ombligo. Como él le hablaba a mi bragueta —se disculpó, aduciendo que tenía tortícolis—, le dije: “mejor nos sentamos”. Desapareció detrás del escritorio y luego resurgieron solo la cabeza y los deditos que sostenían unos papeles.
Me entregó un formulario larguísimo, donde por poco te preguntaban el color de los calzoncillos. Pedían análisis de sangre, de orina, un electrocardiograma, radiografías y tomografías. Por último estaba el asunto del garante. Ahí levanté los ojos por encima de los lentes y pregunté para qué querían un garante.
­—Y… —replicó el gnomo, después de carraspear— por si ocurre el hecho fatal antes de terminar el pago de las cuotas. Alguien debe hacerse cargo.
Pensé que la cosa se complicaba. Nuestro único hijo andaba vagabundeando por los cinco continentes y trabajaba cuando no tenía para comer. A los 40 seguía siendo un tiro al aire. La noticia más reciente es que andaba por Mandalay, que ni sé dónde queda. Por mi parte no tuve hermanos y el candidato más factible era Hugo, pero cómo pedirle una cosa semejante, era igual que si le tirara otra lápida encima.
—Para qué tantos estudios —pregunté preocupado, el PAMI* difícilmente los iba a autorizar.
—Bueno —empezó el minúsculo, frunciendo la nariz como si ya olfateara un cadáver—, si le encuentran un cáncer o serias deficiencias cardíacas, el costo aumenta y se reduce el número de las cuotas. Lógica pura —y para rubricar el razonamiento, golpeteó el escritorio con un puño no mayor a una ciruela.
—¿Y si no hay garante?
—No hay contrato —se agachó, buscando en algún cajón y reapareció con otro formulario—. Estos son los requisitos del garante.
Lo miré rápidamente, dije, agrio:
—El garante tiene que ser poco menos que Bill Gates.
—Usted sabe cómo son estas cosas. Una vez que el difunto está bajo tierra muchos dejan de pagar y hay que recurrir a procedimientos legales. Todo eso lleva tiempo y limita las ganancias. Imagínese el perjuicio si la persona fallece teniendo pagas cuatro o cinco cuotas solamente y nosotros le hicimos un funeral con bombos y platillos, como es la política de la empresa y…
No terminé de escuchar lo que decía, con lo de los bombos y platillos se me vino la imagen de Louis Armstrong y de una larga fila de negros con clarinetes y saxofones, camino al cementerio, tocando un blues lánguido y brutal a la vez: una magia de trompetas que marchaban bajo el sol de New Orleans, los bronces relucientes, la música que preanunciaba la frase bíblica “polvo eres y en polvo te convertirás”, que el predicador recitaría al pie de la tumba. Y del cortejo fúnebre musical, brotado del recuerdo de alguna vieja película, un pensamiento impertinente, inútil, me sacó del ensueño: qué pasaría una vez que me haya muerto, con todos los long play de jazz que había ido atesorando desde mi juventud.
La voz de flauta desafinada del hombrecito me trajo de vuelta al Matadero.
—… Eso para que se haga una idea. En este folleto tiene los diferentes planes acordes a la edad, salud y bolsillo de cada cliente. Por supuesto es más provechoso empezar antes de los 50. Pasados los 70… —dejó la frase inconclusa—. ¿Usted tiene…?
No le contesté y le pregunté qué servicios ofrecían.
—Nuestro lema es “Definitivamente suyo”. Sólo parcelas, nada de nichos. Tenemos nuestro campito propio en la Matanza*, cerca del río, fue lo más barato que encontramos y si la suerte nos acompaña y nos aumenta la clientela, pensamos comprar unos lotes más. Se llama Río celestial, en estas fotos puede apreciar qué hermoso paisaje campestre, las parcelas están cubiertas de dichondra, también conocida como orejitas de ratón, es más sufrida y no da el trabajo del césped inglés, que crece tan rápido. Plantamos calas, los gladiolos todavía no florecieron… —hizo una pausa, se miró la punta de los dedos, tal vez buscando inspiración. Agregó—: Ofrecemos ataúdes de todos los precios, modalidades de financiación, tarjeta, débito automático. La sala velatoria está en el fondo, si quiere pasar a verla… además proveemos el traslado, sin recargo, el coche fúnebre y uno para los deudos. Como verá es un poco lejos y en otro acto de buena voluntad, un domingo por mes, don Lorenzo, el fletero de acá a la vuelta, presta la camioneta para llevar a los familiares que no tengan vehículo propio. Con una propina alcanza, de paso le hace propaganda a su negocio y al nuestro.
Tomé los papeles que me tendía, me levanté y sin saludarlo siquiera me fui caminando despacio, con una leve opresión en el pecho y un inesperado cansancio que me hormigueaba en las piernas. Pensé que no fue buena idea asomarme y organizar el hoyo oscuro de la muerte, que era estéril la pregunta que me martilleaba la cabeza. Para qué preguntarse quién moriría primero, Amanda o yo, la frágil caña o el poderoso roble arraigado, con raíces profundas. Si yo era el primero, qué haría Amanda sola, tan vulnerable ¿cuánto más duraría? Y de ser al revés ¿el roble no se derrumbaría como si lo hubiese abatido un rayo?
Sin darme cuenta llegué a la Avenida Larrazábal, estaba desorientado, tuve que preguntar a un quiosquero por la parada del 55. Cuando subí al colectivo tambaleaba un poco, un pibe me dio el asiento. Ya no me sentía el torito de Balvanera. En mi cabeza había un remolino turbio, ganas de llegar a casa, de poner un disco de Armstrong, Duke Ellington, de abrazar a Amanda, de putear por lo bajo a Hugo y sus ideas previsoras y al infeliz que me recomendó el Matadero. También de mirar en la enciclopedia dónde quedaba Mandalay.



©  Mirella S.   — 2010 —


Glosario
PAMIes la obra social de jubilados y pensionados, de personas mayores de 70 años.
La Matanza: es una localidad ubicada en la provincia de Buenos Aires. El río Matanza la cruza.







martes, 6 de septiembre de 2016

Las aguas del mundo



Muy lentamente, como un grifo que pierde, se me escapa el primer chorrito y no puedo detenerlo, los jeans se van mojando y líneas de un azul más oscuro se dibujan a lo largo de mis piernas. Ya no hay solución, nunca hubiera llegado hasta uno de los baños químicos que pusieron para el recital de rock, las filas son interminables. La vejiga se desinfló satisfecha, el bienestar y el alivio prevalecen unos segundos, hasta que añicos del pasado se reúnen en imágenes sigilosas, abriéndose camino a machetazos en la selva de los recuerdos. Entonces, sobreviene el pánico.

Los dobladillos gruesos de los jeans contienen algo de mi agua interior, pero unas gotas tibias resbalan por mis sandalias. Me escondo detrás de una columna, me ato el chal a la cintura para disimular el estropicio y con un pañuelo intento absorber la humedad y secarme los pies. Una arcada de asco hace que me incorpore, una náusea que proviene de veinte años atrás y que ha dejado su memoria en mis células. Esa náusea no me pertenece, una nena de cinco o seis años no se asquea de su propio pis, es una sensación que se instala y construye su bastión porque desde afuera le gritan “sos una meona asquerosa”.

Escucho el recital en cuclillas, en un recoveco detrás de las gradas; la banda está tocando uno de mis temas favoritos, que de estar junto a Gustavo y al resto del grupo hubiera acompañado con el cuerpo y el alma. No quiero que me vean, aunque sé que las manchas pasarían desapercibidas en el fluctuar vertiginoso de las luces. Este hecho horadó el muro de lo que no se quiere recordar. Y una palabra emerge de sus propias cenizas, como un monstruo al que se creía vencido.

Siempre hay palabras cruciales en nuestras vidas y por un tiempo largo viví bajo la amenaza de la mía, la palabra que designaba mi enfermedad: enuresis. Con su sonido áspero me lijaba las noches. Cada noche era el terror de despertar en la laguna caliente, el camisón empapado en sus aguas ácidas con su olor a amoníaco. O me despertaba el tirón a la colcha y la voz hastiada de mamá que, como en un informe decía: otra vez mojó la cama. Y allí asomaba la cara de papá, sus ojos soñolientos, la boca un arco desganado, y esa manera suya de hablar casi sin abrir los labios: “esto es una inmundicia, noche tras noche siempre el mismo baile, a partir de las cuatro de la tarde que no tome una gota de líquido”.

No surtió efecto. La sed agrietaba mi garganta, que parecía un cuenco repleto de arena, pero a la noche un manantial irrefrenable, oculto en mi cuerpo, se vaciaba. Me dejaron sin juegos y sin tele por un mes, pensaron que bebía a escondidas. El pediatra recetó unas pastillas, como granos de maíz, que me mantenían en un estado de sopor, también en clase, donde la realidad parecía lejana y las palabras de la maestra un susurro acuoso. Si no mejoraba sería conveniente llevarme a un psicólogo, había dicho el pediatra. Las pastillas no resultaron. La goma espuma del colchón seguía chupando mi orina desnaturalizada. Para que se secara más rápido mamá lo exhibía en el balcón, con sus múltiples aureolas amarillas, primero de un lado y luego del otro. “Así todos se enteran de que acá hay una meona”.

Al psicólogo no fui, ellos no creían en esas cosas; la verdad era que tenían miedo de lo que yo pudiera decir, de lo que se me escapara, de algún puerco secreto no cubierto lo suficiente, de cómo se estaban fagocitando día tras día, con el deleite de dos caníbales; o que el mundo se diese cuenta de que yo era un estorbo para ellos.

Pusieron un par de relojes con la alarma en horas distintas, pero siempre sonaban demasiado tarde. Forraron el colchón con un plástico grueso, cada vez que me movía restallaba con su tos de nailon. Durante el sueño me sumergía en lagos turquesa, en arroyos de cristal, me deslizaba como en un tobogán por cataratas espumosas, flotaba en los mares del mundo que mi vejiga iba desagotando.

En el verano que cumplí siete años, me enviaron a la casa de mi madrina. Nunca antes había dormido fuera de la cama maloliente. Trasladaron sábanas y camisones —gastados de tanto lavarlos— y el plástico, que dejaron por horas en remojo en la bañera con lavandina.

Estaba muy nerviosa y decidí que en esa primera noche impediría a toda costa dormirme, si fuese necesario me pincharía los dedos o los brazos con un enorme alfiler de gancho que había sacado del costurero de mamá. Ellos se iban de vacaciones a Brasil, para recuperarse del estrés de mi enuresis.

Inés, la madrina, viuda y sin hijos, vivía en San Pedro en una chacra llena de sol, animales y árboles de naranjas. No la veía seguido; su presencia me envolvió en una calidez que nunca experimenté en mi casa. Sus manos grandes, bronceadas, siempre revoloteaban alrededor mío como las alas de una gallina clueca. No la podía decepcionar. Conseguí quedarme despierta sin tener que usar el alfiler. Solita fui dos veces al baño. La madrina se asomó envuelta en su bata azul y me preguntó si precisaba algo; lo preguntó con su tono risueño habitual y me guiñó un ojo.

Después de una semana, sin avisarme, quitó el plástico del colchón. Me di cuenta por la ausencia de crujidos y tuve un esbozo de pánico antes de dormirme, pero tampoco hubo consecuencias. En su casa de San Pedro dejé de soñar con las aguas del mundo. El verano transcurrió entre sol, naranjas y río. Si eso era la felicidad, fui feliz.

Hacía bastante que ellos habían regresado de Brasil, esporádicamente, llamaban por teléfono. No quería volver con ellos y la madrina lo supo. Me anotó en el colegio más cercano y un sábado viajamos a Buenos Aires a buscar mis cosas. Cuando entré en mi cuarto me pareció que el acre olor del pis había penetrado hasta en las paredes; el estómago se me estrujó con una repugnancia que nunca me abandonaría.

Terminé primario y secundario en San Pedro; a ellos los vi poco. Iban envejeciendo de prisa y con el pasar del tiempo terminaron pareciéndose como dos gemelos. No hubo más episodios nocturnos, hice un curso acelerado en el aprendizaje de olvidar.


Gustavo y los demás estarán saltando en las gradas, atrapados por la música ni habrán advertido que no estoy. Si Gustavo me viera así ¿me despreciaría; si supiera, arrugaría la nariz igual que mi padre? Anhelo volver a casa, con la madrina, a la serenidad de sus manos feraces como la tierra que cultiva, al refugio de su cuerpo ancho. ¿Habrá sido un accidente o será el renacer de la antigua enfermedad?

Me toco el anillo de compromiso y lo hago girar en el dedo; faltan tres meses para la boda. La dentellada del miedo me muerde el estómago. En este momento recuerdo que anoche volví a soñar con todas las aguas del mundo.


©  Mirella S.   -2010-                                                                       

Imagen: Elena Galitskaya


Sigo desempolvando textos… este lo escribí hace seis años
y es bastante largo.




viernes, 2 de septiembre de 2016

He visto mujeres cubiertas de frío


Un poema de Silvia Rodríguez Bravo

Video de Mirella S.



He visto mujeres cubiertas de frío
y de cielos expulsados de otro cielo.

Mujeres nombradas por el olvido
tirando la historia con el útero hirviendo.

Mujeres con aroma a tierra,
carbonada y escritorios.

Mujeres con sabor a ausencias
con mejillas y manos partidas
cortando apio
haciendo camas
y lavando ajeno.

Mujeres perfumadas.
Mujeres con el oficio llovido
sobre sus pétalos
siempre abiertos a la tribu.

He visto mujeres
con la mirada vidriosa,
desempolvando estrellas
mientras corrigen un verso.


Silvia Rodríguez Bravo es una poeta chilena

http://mujeresdelatribu.blogspot.com




lunes, 29 de agosto de 2016

Viaje iniciático




Qué podés hacer si tenés por delante una hora de viaje antes de llegar al colegio. A lo sumo cabecear un rato, si la suerte te acompaña y viajás sentado; leer o repasar alguna materia si sos medio traga; mirar por la ventanilla los paisajes que te sabés de memoria o bostezar quimeras.
Esa larga hora constituía mi pasaje a regiones que surgían de la efervescencia de mi imaginación. Pero mis ensoñaciones empezaron a extenderse fuera del trayecto del colectivo.

Una mañana de julio bajé en la parada habitual, caminé las cuatro cuadras hasta el colegio y tuve la impresión de que me había equivocado, distraído en mis fantasías. Enseguida sonaron en mi cabeza las palabras de mi madre: “siempre en la Luna, vos...”
La calle no me resultaba familiar, estaba desierta, no había a quién preguntar información. Los edificios eran unos cubos altísimos, casi no se veía el cielo, todos blancos, sin ventanas, las paredes estriadas con lo que parecían jeroglíficos, cada tanto interrumpidas por festones de gárgolas, no como las que había estudiado en Historia del Arte. Representaban animales (si es que lo eran) de especies extrañas. Al mirarlos me sumí en una paradoja: su fealdad contenía una belleza que fascinaba.
La intuición me decía que estaba en nuestro planeta, que no había hecho un viaje al futuro, tampoco cruzado el portal de un mundo paralelo. Ni saliste de Buenos Aires, me dije, caminando por esa calle carente de vida, de personas. Yo solo.
Me aproximé a una pared y estudié las inscripciones: reconocí mi letra. No pude descifrar nada, el escrito estaba cabeza abajo, como si lo hubiese garabateado colgando de ese cielo desangrado de color.
Caminaba sin llegar a ninguna parte por un país abstracto. Si yo era el arquitecto de semejante desolación ¿dónde habían quedado mis ansias de aventura? Penetrar en selvas; excavar tierras primitivas que me mostrarían los tesoros de los orígenes; desentrañar los misterios de los mares. En cambio mi creación se limitaba a un páramo de cemento.
Al fin apareció una esquina. Me detuve y observé. La calle transversal, hacia la izquierda, terminaba en unas rocas; hacia la derecha se divisaba un bosque fosilizado. Me apreté la frente, debía pensar algo más vital. Era el hacedor de ese delirio y podía cambiarlo. Proyecté una opulencia de árboles, flores, cascadas de agua que humedecieran tanta aridez, sol, pájaros.
Nada se modificó. Caí en la cuenta de que ese sitio estaba muy alejado de mis fabulaciones, traspasaba los confines de mi conciencia: era una representación de símbolos que no podía entender. Presentí que estaba allí para recorrer ese territorio y explorarlo, aunque se me cerrara la garganta y a cada paso me temblaran las piernas.
Doblé a la izquierda, llegué a las rocas y vi que bordeaban una planicie de lava sólida, que se extendía hasta el horizonte. Mis ojos se cansaron de su chatura. Giré, desandando la calleja transversal y me dirigí hacia el bosque muerto. Puro esqueleto, las ramas como huesos descarnados, avanzaban en una geografía esteparia que me erizó la piel.
De vuelta a la calle principal, tuve una revelación: era una prueba, como los exámenes finales que nos habilitan —o no— a pasar al año siguiente. Aquí, sin embargo, había otra cosa. Era una iniciación que demostraría mi capacidad para adentrarme en los mundos mitológicos que pugnaban en mi interior. Un impulso aceleró mis piernas y levanté la cabeza hacia los muros escritos por mi mano: ahí estaban volcadas mis futuras hazañas, los sueños del héroe, las historias —aún en clave— que irían confluyendo con mi propia historia. Antes debía soportar la soledad del iniciado.
La calle terminaba abruptamente en un portón. Cuando lo abrí me encontré en el patio del colegio.


 ©  Mirella S.   — 2011 —



Un texto viejito, para que no me olviden.




martes, 9 de agosto de 2016

Casas alquiladas



Los cuartos de hotel por los que pasó tenían demasiadas historias, se entreveraban unas con otras y era imposible decodificarlas. Eran historias efímeras, de horas o de pocas noches, cuyos residuos resultaban absorbidos por las aspiradoras de las mucamas, la renovación diaria de las sábanas, los detergentes y cloros.
Todo lo opuesto a los departamentos o las casas que los dueños alquilan durante las vacaciones. En ellos queda impregnada su energía, la de los objetos que les pertenecen y dejan para que sean usados por extraños. La atmósfera en los cuartos de hotel es neutra, aséptica. En los hogares alquilados se respira cierta tensión.
Piera la percibía y no era algo que tuviese que ver con relatos de espectros ni de casas embrujadas. Así se lo aclaraba a Iván; él la miraba frunciendo la nariz, y con expresión incrédula anunciaba —en el tono de voz inapelable que esgrimía para algunos temas— que eran elucubraciones de su mente híper fantasiosa y su dificultad para amoldarse a los cambios de ambiente.
Ella sabía —aunque ya no lo manifestaba— que tenía una captación más aguda sobre las vibraciones positivas o negativas de personas o lugares. En cuanto a las casas alquiladas, Piera consideraba que el inquilino cae intempestivamente en la vida de otra familia y empieza a insertarse en sus circunstancias. Allí ha quedado la presencia emocional de los moradores habituales. Se los encuentra —Piera los descubría— en detalles insignificantes para otros ojos.
No podía dar una interpretación ni un porqué, pero en las casas de verano, a pesar de ser cuidadosos, casi siempre se les rompía algún objeto o no lo encontraban, como si el contenido de esas paredes se rebelara ante el manoseo y la intrusión de los extranjeros. Lo insólito era que los objetos perdidos reaparecían horas antes de abandonar la casa.
De esos hogares, en los que Piera se sentía una invasora, recuerda el último al que fueron, un chalet en decadencia —que en su tiempo habría sido aristocrático— ubicado estratégicamente en lo alto de un acantilado. A su alrededor se espesaba un bosque de eucaliptos, que al anochecer enrarecían el aire con el narcótico de su perfume. Desde la ventana del dormitorio, en el primer piso, llegaba el monólogo espumoso del mar con las rocas.
No conocieron a los dueños, habían gestionado el alquiler de la casa mediante una agencia. A Piera le desagradó lo que emanaba cada cuarto. Parecía que los propietarios hubieran partido en una fuga improvisada, desprolija, dejando atrás lo mínimo indispensable, llevándose lo más personal.
En el empapelado se veían rectángulos más claros, indicadores del lugar donde antes hubo cuadros. Eran manchas como pieles heridas que les fueron arrancadas las vendas protectoras. Faltaban almohadones en los divanes, de los barrales colgaban los ganchos, vacíos de cortinas. Esas carencias le otorgaban a la casa un clima de abandono, de saqueo.
Ella era de gustos frugales, simples, en cambio Iván disfrutaba de la elegancia, el confort. Después de recorrer las habitaciones, él, un hombre amable, tranquilo, gritó: ¡esto es una mierda! y, enfurecido, llamó a la agencia. La respuesta que obtuvo fue que por ese precio no podía aspirar a algo mejor en la zona, había conseguido una ganga, el real valor estaba en el panorama.
Trataron de quedarse lo menos posible en la casa. Hicieron excursiones, nadaron, bucearon. Sin embargo, una fisura en su comunicación se fue profundizando. Algo se había oscurecido o ya estaba en sombras y la permanencia en la casa se los mostraba. Iván, siempre locuaz, se volvió taciturno y si le hablaba era para retrucar todo lo que Piera decía.
Cada vez que entraba en un cuarto se acentuaba la sensación de que los objetos la miraban, antes de que ella les echara una ojeada. Dormía poco y se dedicaba a hurgar en armarios y cajones buscando pistas de los propietarios. Detrás de unas toallas, demasiado ocultos para ser recordados, o puestos allí para ser olvidados, halló dos fotos en marcos de plata. La esposa con una cara pálida de Morticia; él, exhibía una boca suavemente felina. La otra foto mostraba a dos niños, dos criaturas desvaídas de la mano, como en una mutua protección. Miraban a la cámara abriendo mucho los ojos.
A los diez días, Iván le dijo que preparara las valijas, se iban, no aguantaba más y no le importaba haber pagado por todo el mes. Piera sintió desasosiego, no quería quedarse allí pero tampoco volver a su casa en la ciudad.
Esa tarde fue al pueblo y averiguó por un hotelito blanco con balcones azules que había visto cuando llegaron. Tenían una habitación vacía. Paredes adentro el clima era distendido y al entrar al cuarto comprendió que había hecho una elección acertada.
Desde entonces nunca más casas alquiladas en vacaciones. Nunca más Iván.



Mirella S.  -Enero 2016-                                                                                       

Arte surrealista de Oleg Oprisco