martes, 17 de octubre de 2017

11. Luciana y Renzo




Tan diferentes y, sin embargo, simbióticos como líquenes. Renzo dependía emocionalmente de Luciana, que lo necesitaba para desplegar su personalidad avasallante.

Él nace en Roma, ella en Pozzuoli, Nápoles, con el azul del Tirreno retenido en los ojos. Mi padre, un hombre metido para adentro, con inquietudes intelectuales, débil de carácter, se enamora de una muchacha explosiva, que no sabe hablar en voz baja, desborda vitalidad y disfruta de los placeres sensoriales.

Las energías del universo están en consonancia para que determinados encuentros se produzcan, me dijo Clara, la astróloga. Nada es casual ni fortuito, todo lo que ocurre forma parte de una trama vibracional que se manifiesta para que cada uno desarrolle el sentido de su vida. Quizás, según el criterio de Clara, el Marte en Escorpio de Renzo —símbolo de su masculinidad— y la Venus en Tauro de Luciana —expresión de su femineidad— hayan transitado esas mismas constelaciones zodiacales el día que se conocieron, auspiciando una reunión que, de otro modo, habría sido altamente improbable. Escorpio y Tauro: opuestos complementarios.

En la posguerra Luciana es enviada a Roma, donde tiene mayores posibilidades de conseguir trabajo. Con dieciocho años, se aloja en la casa de unos primos, que la reciben con la característica efusividad meridional.
La familia de Renzo, a pesar de las estrecheces de aquel tiempo, está en una mejor posición económica. Los padres son dueños de una panadería en el barrio de Trastevere y él está estudiando francés y latín para dedicarse a la enseñanza.

Luciana es una experta repostera y en su recorrida por la ciudad descubre el negocio y lleva algunas tortas y pasteles de muestra. La madre de Renzo los acepta y los exhibe sobre el mostrador. Días más tarde la llama para pedirle más y el local es impregnado por el aroma de especias que parecen orientales y despiertan la gula de los clientes.

Tengo escasos datos acerca del inicio de su amor. Renzo, como un adolescente, besaba a Luciana a escondidas, él, un hombre serio, conservador, un poco ido de la realidad, se derretía por abrazarla. Luciana, entre risotadas, lo empujaba, mostrándose arisca.

Comprendí que era un juego entre ellos, que a mi madre le gustaba el acecho, lo propiciaba para interpretar su acto de mujer a lo Sophia Loren y mi padre el de un Marcello Mastroianni algo ingenuo. Presencié sus efusividades de la misma forma en que se ve una película, como una espectadora a la que dejan sentada en una platea para que observe y aprenda lo que es el amor, sin involucrarme ni que me involucre en ese sentimiento sagrado que no compartían conmigo.



Piera apoya el lápiz en el cuaderno y se queda en suspenso, con la mirada perdida. No sabe cómo seguir, desconoce los motivos que empujaron a sus padres a desanclarse del país natal y abordar la aventura de un inicio en una tierra ultramarina. Sabe que Renzo, por intermedio de un cura conocido, ya tenía un trabajo como profesor de italiano, latín y francés en el colegio de Don Bosco, de la orden de los salesianos.

Luciana también contribuyó en los ingresos desplegando por el barrio su arte de preparar tortas, mermeladas caseras, bizcochos. Por la casa se esparcían olores anisados, a canela, jengibre. Y su madre, extrovertida, el cuerpo pulposo, con su hacer rústico, mientras cocinaba frutas y amasaba ingredientes, cantaba a plena voz las canzonette de su Nápoles inolvidable.

En esa época la cocina de la casa del limonero era una fiesta de fragancias, sabores y el eco de cantos nostálgicos.





Sinopsis

Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana, su madre, muere cuando Piera tiene diez años. Renzo, su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con Sonia (la Segunda). Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana. Elio, es el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse. Bruno es el segundo hermano -con el que Piera se lleva mal- es agente financiero y su única preocupación parece ser el dinero. Tiene una feroz pelea con Elio, que es echado de la casa por su padre. Ella desconoce lo que ocurrió entre los hermanos.
César es abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. Piera visita a Micaela (que fue la novia de Bruno) y ella le confirma la sospecha de César: que con Elio eran amantes.
Al poco tiempo de separarse de César, muere repentinamente el padre de Piera y Bruno vende la casa familiar sin consultarla. Ante la soledad de Sonia, Piera empieza a acercarse a ella.



©  Mirella S.   — 2017 —




martes, 10 de octubre de 2017

10. De Ucrania sin amor

Foto: Luisa Möhle

No es que de pronto hubiera sentido un afecto repentino por la Segunda, es decir Sonia. No soy de amores fulminantes, es más, soy de querer a contadas personas. Es brutal decirlo así, pero esta nueva afición por la escritura que sirva al menos para quitarme las máscaras de la amabilidad y los buenos modales a los que estuve sujeta desde mis primeros años. Escribo para bajar a las profundidades de mí misma, hurgar en las costuras del subconsciente y descubrirme.

Pocos me inspiran amor y rara vez es de inmediato. El sentimiento crece —o se apaga— en la medida que conozco al otro y que, además, logre abrir el portón de hielo tras el cual me resguardo.

Soy solidaria, sin embargo, no me simpatiza todo el mundo y tampoco necesito estar rodeada por docenas de amigos que, si son tantos, terminan siendo simplemente conocidos superficiales.

En ese momento, cuando tomé del brazo a Sonia y salimos de la casa, que quedaría con su limonero en mi memoria, me inundaba la indignación y la culpa. Una culpa a la que hoy no le veo razón, porque en la familia no me habían expresado ni enseñado amor. Recibí pequeñas muestras de que yo existía solo de mi madre, cuando era muy chica y con su modo brusco: un tirón de pelo y una carcajada, o pellizcos que pretendían ser caricias. Y de Elio, en las escasas oportunidades que volvía de sus viajes. Mamá murió pronto y el afecto de Elio lo disfruté con cuentagotas.

Cómo podía ser demostrativa si no había sido entrenada ni tenido modelos. No recuerdo que mi padre me abrazara o besara y de Bruno obtuve desprecio, retos y algún coscorrón.

Con este bagaje conocí a Sonia a los diez años. No me agradó y la mantuve a distancia. Internamente la desvaloricé, igual que mi padre con su silencio indiferente y Bruno con las burlas. Por fuera le demostraba obediencia, porque así me había criado mi madre.

De Sonia tenía la imagen de una mujer rústica, de pocas luces, totalmente pasiva y sometida. Para mis adentros era la Segunda y evitaba llamarla por su nombre, mientras que Bruno le decía la Rusa, también delante de ella, a pesar de que en varias oportunidades, con su voz mansa, que contrastaba con su físico robusto, lo corregía, diciéndole “soy ucraniana”.

Había nacido en una aldea próxima al río Dniéper y sus padres eran campesinos. Después de la hambruna por la sequía en el 47’, la entregaron a unos parientes que vinieron a la Argentina. Apenas supo moverse la hicieron trabajar con ellos en el campo que habían alquilado. Cuando mi padre la tomó como empleada doméstica tenía treinta y cinco años.

Mientras dejábamos la casa, que para mí ya era un espectro de otros tiempos, la noté avejentada. El pelo rubio con estrías grises; la espalda, antes erguida, tendía a encorvarse; las manos fuertes parecían blandas, lívidas. No la podía querer, no aún. Sí sentir empatía y el deber moral de no abandonarla.

A Sonia no la habían amado ni en Ucrania ni aquí. Teníamos eso en común. Éramos dos indigentes de afecto.

La conduje hasta el bar de la avenida, tomamos café y comimos unos tostados. Anoté su nueva dirección y le di la mía. Vi como intentaba disimular la humedad de los ojos.

—Sos una buena chica, Pieri, siempre lo fuiste.

Sus labios se abrieron en una sonrisa de agradecimiento que me hizo un tajo en el alma.



Sinopsis

Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana, su madre, muere cuando Piera tiene diez años. Renzo, su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con Sonia (la Segunda). Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana. Elio, es el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse. Bruno es el segundo hermano -con el que Piera se lleva mal- es agente financiero y su única preocupación parece ser el dinero. Tiene una feroz pelea con Elio, que es echado de la casa por su padre. Ella desconoce lo que ocurrió entre los hermanos.
César es abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. Piera visita a Micaela (que fue novia de Bruno) y ella le confirma la sospecha de César: que con Elio eran amantes.
Al poco tiempo de separarse de César, muere repentinamente el padre de Piera y Bruno vende la casa familiar sin consultarla.


©  Mirella S.   — 2017 —




martes, 3 de octubre de 2017

9. Demoliciones

Foto: Alexander Yakovlev

Las agujas del reloj y las hojas de la agenda iniciaron una carrera espasmódica después de la muerte de Renzo. Demasiado por hacer, demasiados cambios y movimientos, un exceso de emociones que aplacar e impedir que trastornaran lo proyectado.

La venta de la casa fue rápida. Antes de que Bruno la entregara a los nuevos dueños, Piera la visitó varias veces, trazó croquis de algunas habitaciones, escorzos del jardín, del limonero. Como si desconfiara de la precisión de su mirada y de su mano, sacó fotos de los rincones que albergaron momentos claves de su historia.

Cuando todos los muebles desaparecieron en el vientre de un camión enorme y quedaron los muros descubiertos, desvalidos, fue entonces que vio a la Segunda. La vio no solo con los ojos, la sintió desde la soledad.

Estaba parada en el dormitorio que había sido primero de Piera y luego de ella: ahora una caja vacía, con los vestigios sucios que dejaron los muebles en paredes y piso. La conmovió el desamparo de su figura inclinada, con las manos juntas, como en un rezo.

—Sonia —se detuvo, era la primera vez en años que la llamaba por su nombre—. Sonia ¿adónde vas a ir?

La mujer la miró con esos ojos que Piera siempre había esquivado porque les veía una mirada bovina, inexpresiva. Esa tarde tenían el brillo de dos piedras mojadas.

—Encontré un cuartito amueblado por la zona de Once. Bruno vendió la cama y el armario con el resto de los muebles.

—¿No te dio tu parte de la casa y de los bienes? Voy a hablar con él, es un avaro miserable —casi gritó Piera.

—No lo hagas, Pieri, tengo unos ahorros. Tu papá me seguía pagando un sueldo por limpiar y cocinar.

—¡Cómo que te daba un sueldo, eras su esposa! A vos te corresponde parte de todo esto. —dijo en un tono que trascendía estupor.

—Bruno me explicó que la casa fue comprada antes de casarse conmigo, no entra en bienes gananciales, Pieri.

—Y el testamento ¿lo leíste?

—Tu hermano me dijo que no había nada.  Él es el que sabe, para qué lo voy a leer si no entiendo de esas cosas.

—Porque es un mentiroso. El viejo no te pudo abandonar, estuviste a su lado quince años.

—Tu papá nunca olvidó a la señora Luciana.

En Piera se superponían el asombro y la ira e iba tomando cuerpo algo muy parecido a la vergüenza por la poca atención que le había prestado a Sonia, por su actitud distante, por llamarla para sus adentros con ese apodo despreciativo cuando ella fue la única que la cuidó. Por ese Renzo egoísta, mezquino, débil, que se guarecía en el recuerdo de una muerta y descuidaba a los vivos. Por su hermano, embustero y codicioso, que había dividido el valor de la casa por tres. Piera creyó que Sonia estaba incluida y había recibido su tercio y lo que hubiera en el testamento. Ella tampoco lo había leído, no quería el dinero de su padre, como no había querido el de César.

Se dio cuenta de que el tercio restante era el que le hubiese correspondido a Elio, que había desaparecido del mapa de sus vidas y no sabían dónde estaba. Bruno, seguramente, le habría pedido al escribano que encontrara alguna tramoya para quedarse también con esa parte.

Le faltaba el aire como en la época del asma. Abrió la ventana y vio la tarde morir pausadamente, vistiendo con su luto el jardín descuidado. Dentro de poco solo quedarían ruinas, muros deshechos, el limonero removido de cuajo. Se acercó a Sonia, le rodeó el hombro robusto con el brazo y en un tono suave, que hasta a ella le resultó desconocido, le dijo:

—Vamos, Sonia, salgamos de esta casa que amparó más tristezas que alegrías. No te preocupes, no estás sola.




Sinopsis

Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana, su madre, muere cuando Piera tiene diez años. Renzo, su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con Sonia (la Segunda). Cae en depresión con la muerte de Luciana. Elio, es el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse. Bruno es el segundo hermano -con el que Piera se lleva mal- es agente financiero y su única preocupación parece ser el dinero. Tiene una feroz pelea con Elio, que es echado de la casa por su padre. Ella desconoce lo que ocurrió entre los hermanos.
César es abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. Piera visita a Micaela (que fue novia de Bruno) y ella le confirma la sospecha de César: que con Elio eran amantes.
Al poco tiempo de separarse de César, muere repentinamente el padre de Piera y Bruno vende la casa familiar sin consultarla.



©  Mirella S.   — 2017 —



     

martes, 26 de septiembre de 2017

8. La casa del limonero





El pasillo lateral, largo y descubierto, desembocaba en el jardín del fondo. Lo primero que se veía era el limonero, alto, frondoso, con sus frutos como soles cuando estaban maduros o semejantes a pequeñas lunas marinas apenas despuntaban, confundidas con las hojas.

En esa casa crecí y di los primeros pasos, siempre buscando ese jardín impecable por la dedicación que le prodigaba mi padre mientras vivió mamá. La hierba era como una piel tierna que cubría la tierra; los junquillos bordeaban el caminito central de cemento; los geranios y las hortensias revestían con sus colores la descascarada pared medianera, la que un día había saltado Mimosa, la gata gris y blanca, mi compañera de infancia, para quedarse con nosotros.

Si me sucedía algo triste, desconcertante o alegre, tomaba un pequeño banquito de madera y me sentaba a los pies del limonero, siempre lleno de conversaciones de pájaros y del fru fru sedoso del viento. A los pocos minutos se acercaba la gata y, con sus leves maullidos, se unía al coro. Eran momentos especiales, allí declaraba mis sueños, mis temores.

La casa era vieja, irregular, porque a medida que se agrandaba la familia, construían un cuarto. El mío fue el último y le quitó una porción al fondo. Desde mi ventana tenía la mejor vista del limonero.

De tanto en tanto Bruno o Elio le daban un lavado de cara a sus paredes rugosas con algún color poco convencional. Recuerdo aquella vez que pintaron el comedor en un tono bordó, o vino como le decía Elio, que hizo al ambiente más oscuro y tosco.

Bruno, el día que encontraron a papá muerto, sin consultarme y con el cuerpo de nuestro padre todavía en la habitación vecina, me informó que había decidido venderla. Yo iba poco a la casa, la última vez fue para Navidad y ya estábamos en setiembre, apenas a unos días de que mi viejo hubiera cumplido los sesenta y ocho años.

No me resignaba a que personas extrañas circularan por los ambientes o recorrieran el jardín con sus historias a cuestas, desvaneciendo la mía. Que se apagaran definitivamente los últimos ronroneos de la gata, que eligió morir en mis brazos unas semanas antes de que me fuera para casarme con César. Como si no quisiera quedarse sola sin mis caricias.

La decisión de Bruno no fue el único final de ese día. Cuando no estaba enojado su tono de voz solía ser neutro, igual al de un locutor que está leyendo las noticias.

—Hace tiempo recibí una oferta suculenta por la casa y que no acepté por el viejo. Hay una empresa interesada en comprarla, no por la edificación que está descuidada, sino por el terreno. Demolerán todo para construir oficinas.

Me miró sin verme, como si fuera transparente o le estuviese hablando a un fantasma del pasado. Agregó:

—Ahora que te separaste esta plata te va a venir genial para un nuevo comienzo.




Sinopsis

Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana, su madre, una mujer de carácter fuerte, en la casa todo giraba alrededor de ella. Muere cuando Piera tiene diez años. Renzo, su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con la Segunda para que cuide a Piera. Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana. Elio, es el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse. Bruno es el segundo hermano, con el que Piera se lleva mal y lo considera el culpable de que Elio tenga que abandonar para siempre la casa paterna. Ella desconoce el motivo de la pelea entre los hermanos. Es agente financiero y su única preocupación parece ser el dinero. 
César es abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. Piera visita a Micaela (que fue novia de Bruno) y ella le confirma la sospecha de César: con Elio fueron amantes.
Al poco tiempo de separarse de César, muere repentinamente el padre de Piera.



 ©  Mirella S.   — 2017 —





martes, 19 de septiembre de 2017

7. Principios y finales

Foto: Anna O



Cuántos finales iniciaron principios y viceversa. Cuánto aprendió de ellos, incluso de los aparentemente menos significativos. Fueron tantos que no podría contabilizarlos.

La vida es cíclica, cada una de sus etapas encierra una deconstrucción para fundar un orden nuevo, que no siempre es mejor o más cómodo. El tiempo dirá si las decisiones tomadas resultaron correctas.

Al separarse de César no quiso aceptar la parte de sus bienes, ella no había hecho ningún aporte. Quería empezar de cero, valiéndose por sí misma, con sus  clases de arte en el Instituto y con la intención de abrir su propio taller de pintura y escultura.

Él era realista y fue generoso. La llamó a la pensión donde se había alojado y le pidió que tomara el monoambiente del barrio de Almagro. Con su sueldo de docente nunca podría irse de ese lugar, los pasillos infectados con olor a sopa y orina de gato, y menos llevar a cabo su proyecto.

La otra opción habría sido volver a la casa del viejo, con la frente marchita, como dice el tango, sumergirse nuevamente en el clima opresivo que le provocaban sus tres habitantes, una alternativa que consideraba el peor de los retrocesos.

Cuando se mudó al departamentito de Almagro, rescató sus sueños adolescentes de libertad. Esperaba un inicio digno, con su estilo sin artificios, asentado en lo esencial.

La expansión alegre de desbrozar malezas para encontrar su camino duró unas semanas. Ese principio se quebró por un final abrupto: la muerte de su padre. 

Se lo comunicó la Segunda, en un breve llamado telefónico.

—Lo fui a despertar para llevarle el café… no me contestó, lo toqué y estaba tan frío.

Recordó que su padre y la Segunda ya no compartían el mismo cuarto, ella había trasladado sus cosas al de Piera, pero mantuvieron el ritual del café matutino en la cama.

Morir durante el sueño, dejar furtivamente un mundo del que se había retirado con la muerte de la esposa. De Renzo apenas había quedado un pellejo seco y silencioso que se arrastraba a lo largo de los días sostenido por rutinas y recuerdos.

Piera no sintió un gran dolor ante la noticia, solo una pena extenuada, que se parapetaba en las comisuras de los ojos, bebiéndole las lágrimas.

Corrió hasta la casa antes de que se lo llevaran. Hacía casi un año que no lo visitaba y al verlo, le pareció aún más viejo y consumido, como si una voracidad interna le hubiera devorado la carne. No le pudo dar un beso, no lo había hecho en vida y ahora carecía de sentido besar un cadáver. Apoyó una mano sobre las del padre unidas sobre el pecho, cerró los ojos y le dijo addio, babbo*, como le habían enseñado a llamarlo. 

La Segunda daba vueltas y vueltas alrededor de la cama donde yacía Renzo, la cara contraída igual que un ancho melón que empieza a marchitarse. Oyó la voz de Bruno que hablaba por teléfono en la que había sido la habitación de Elio, convertida en escritorio. Cuando entró se masajeaba los párpados y ella, en un impulso genuino, lo abrazó. Bruno le puso una mano en el hombro para alejarla.

—Una buena muerte, sin darse cuenta, sin dolor. Ahora hay que ocuparse de los trámites.

Sus ojos, negrísimos como los de Renzo, parecían agrisados por una niebla. Sabía que Bruno y su padre tenían una conexión profunda y extraña, un entendimiento sin palabras. Comprendió que nunca le diría que descubrió el secreto ni que había visto a Micaela. Él la ignoraba, seguía tratándola como a esa mocosa metida e impertinente pegada a los talones de Elio.

Bruno se inclinó para abrir uno de los cajones y sacó una carpeta gruesa. En el frente, con letras de imprenta en tinta negra, leyó: Escritura y Testamento.

—Voy a vender la casa en seguida, no hay que hacer sucesión, babbo ya la había puesto a nuestro nombre.



*Babbo: modo familiar de decir papá en algunas regiones de Italia.



Sinopsis
Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana (1932-1980): su madre, mujer de carácter fuerte, en la casa todo giraba alrededor de ella. Muere cuando Piera tiene diez años.
Renzo (1928-1996): su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con la Segunda. Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana.
Elio (1952): el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse.
Bruno (1954): el segundo hermano, con el que se lleva mal y Piera lo considera el culpable de que Elio tenga que abandonar para siempre la casa paterna. Ella desconoce el motivo de la pelea entre los hermanos. Es agente financiero. 
César (1962): abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. 
Micaela (novia de Bruno) y Elio eran amantes. Piera la visita y, agresivamente, le confirma la sospecha de César.


©  Mirella S.   — 2017 —




martes, 12 de septiembre de 2017

6. Finales y principios



Tardó en contarle a César la visita a la casa de Micaela. No estaba de ánimo para su usual gesto satisfecho que significaba: viste, tenía razón. Sin embargo, en esa oportunidad, él escuchó el relato con interés, sin interrupciones y cuando terminó le tomó la mano y dijo:

—Lástima que no me avisaste, te hubiera llevado en el auto. El regreso en compañía no habría sido tan duro —hizo una pausa y preguntó—: ¿Qué vas a hacer con Bruno ahora que sabés la verdad?

—No sé, todavía lo estoy procesando. A él no creo que le importe mucho mi opinión.

Agradeció la actitud de César. Por encima de sus aires de sabelotodo que la inhibían y fastidiaban, era un buen tipo. Tenían una convivencia formal, plagada de objetos de valor, comodidades y apariencias que excedían el gusto sencillo de Piera.

Así como a los quince años se preguntó qué había visto Mica en Bruno, ahora, en esta rememoración, se pregunta qué le atrajo de César. Probablemente la deslumbró su savoir faire, el hecho de que se hubiera fijado en ella y la eligiera alguien con tanto futuro.

En los cinco años de matrimonio aprendió a cuidar su aspecto, a ser más comunicativa. Pero no lo suficiente, había defraudado a César, que en su rol de Pigmalión, esperaba transformarla de simple margarita en una orquídea de lujo. Necesitaba a una mujer fulgurante que lo acompañara en el ascenso laboral, que destacara en los eventos organizados por el estudio jurídico prestigioso del que anhelaba ser socio antes de los treinta y cinco.

Lo logró por su capacidad y obstinación y sin la presencia de ella, a quien no le interesaba salir de su condición de flor silvestre que, trabajosamente, se asomaba por entre los hierbajos de una realidad en la que no sabía desenvolverse.

César, además de ofrecerle confort material, la inició en la exploración de su cuerpo, del placer que podía proporcionar y proporcionarse en la unión con otro cuerpo. La pericia de sus manos y sus labios le extrajeron de cada poro espasmos de deleite, despabilándola de su timidez.

En los primeros tiempos Piera pensó que eso era el amor y que buscaba algo más que no existía. Para ese hueco, esa carencia inexplicable, tenía una imagen que la rondaba a menudo. Visualizaba el cuidado y bello jardín de su casa natal, pero al que le faltaba el cobijo del limonero tan querido.

¿Y César, la había amado? Seguramente, a su manera, donde lo externo prevalecía por encima de la interioridad. No se conocieron, no traspasaron el límite de la piel, solo habían compartido cenas, fiestas, viajes y los entretelones de su carrera promisoria.

Quizás el amor sea una suma  de misterios, de pliegues y dobleces entre la carne y el alma, un entrar y salir por puertas giratorias, desnudos y encorvados por el peso de dioses y demonios, personales y ajenos.


Meses más tarde, cuando ella le dijo que se iba, leyó la decepción en la hondura de su mirada. Pensó que, probablemente, por la pérdida de esos años en alguien que no valía la pena o por no haber sido él quien tomara la iniciativa. No debía ser fácil para uno como César que lo dejaran.

Desde la nueva óptica que le ha dado la experiencia, Piera no está tan segura de que haya sido así, en aquel entonces vivía a la defensiva, creyendo que el mundo menospreciaba el más insignificante de sus actos.

César no la disuadió ni intentó prolongar el matrimonio, fue cortés y recurrió a frases convencionales sobre la diversidad de intereses y afinidades. 

Cerraba la etapa de su matrimonio ¿qué habría para ella afuera? Después de vivir entre algodones, en un mundo al que no pertenecía, solo deseaba encontrar el propio, aquel que le colmara ese hueco.



Sinopsis
Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana (1932-1980): su madre, mujer de carácter fuerte, en la casa todo giraba alrededor de ella. Muere cuando Piera tiene diez años.
Renzo (1928-1996): su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con la Segunda. Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana.
Elio (1952): el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse.
Bruno (1954): el segundo hermano, con el que se lleva mal y Piera lo considera el culpable de que Elio tenga que abandonar para siempre la casa paterna. Ella desconoce el motivo de la pelea entre los hermanos. Es agente financiero. 
César (1962): abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. 
Micaela (novia de Bruno) y Elio eran amantes. Piera la visita y, agresivamente, le confirma la sospecha de César.


©  Mirella S.   — 2017 —