miércoles, 12 de abril de 2017

Cerrado



Por un tiempo no voy a publicar ni comentar en los blogs amigos. En cuanto me sienta mejor, los visitaré nuevamente.

Abrazos para todos.





miércoles, 5 de abril de 2017

La valija rota y un mazo de Tarot




Candela Astorga prepara el equipaje sin nostalgias. Tiene cuarenta y dos años y es la última vez que recorrerá a solas la casa donde ha vivido desde su niñez.
Descubre que el cierre de la valija está descosido en un extremo; no hay tiempo para cambios y la asegura con una tira de elástico. Un hecho, trivial en apariencia, que la conecta con otro lejano: el relato —que había escuchado tantas veces y que imaginara otras tantas— de cuando su abuela materna Dolores vino de España con una valija de cartón sujeta con hilo sisal. La semejanza le parece propicia para la clausura de un ciclo. 
                                                                     
La abuela había viajado en un barco lento y atascado de fardos, baúles y familias que escapaban de la Guerra Civil. Antes de partir se había casado con Pedro Astorga, su gran amor. La historia se la contó innumerables veces, siempre con su voz similar al roce del papel de seda. El largo trayecto en barco fue su luna de miel. Desembarcaron en Buenos Aires, ella con diecinueve años, él con veintidós; luego de los trámites en Inmigraciones, subieron a un traqueteante tren a vapor que tardó ocho horas hasta Rosario. Allí los esperaba el tío de Pedro, un hombre considerable en su estructura física, aunque desconsiderado en sus modales. 
Don Juan Astorga era soltero, andaría por los cuarenta y los alojó en un cuartucho en los fondos de su ferretería. A su sobrino le encargó las tareas más duras, que él llevaba a cabo con mansa aceptación. Pedro era un espíritu sensible, nacido bajo el signo de Piscis, con ojos soñadores, que parecían elevarlo a regiones de la realidad que trascendían los rollos de alambre, las latas de pintura, los clavos y tornillos que lo circundaban. Que hubiesen llegado a la Argentina durante un eclipse total de luna había sido, según la abuela Dolores, un pésimo auspicio. Las consecuencias se revelaron meses más tarde: una extraña enfermedad postró a Pedro y murió a los pocos días.
Candela conserva las reflexiones de la abuela como un legado: con el nombre que me pusieron, Dolores, estaba predestinada a andar con el sufrimiento a cuestas; los nombres, igual que las palabras dañinas, dejan una marca indeleble. Por eso, para sus hijos eligió nombres optimistas: Buenaventura, Feliciano y Aurora, a la madre de Candela.
La abuela se regía por algunos conceptos esotéricos. Decía que el momento más bello y positivo del día es el amanecer; los matices del cielo son diáfanos y proponen un nuevo comienzo, una actitud de esperanza hacia el porvenir. Sin embargo con Aurora no acertó, ella fue una mujer amarga, de ojos infranqueables, con el rencor royéndole el alma.
El destino de la abuela Dolores se cumplió primero en Rosario, donde nacieron sus tres hijos y más tarde en Buenos Aires, en una concatenación de sucesos infaustos, que consolidaron sus creencias de que todo está escrito. Después de la muerte de Pedro fue como si una parte de ella hubiese pasado por el tormento del fuego, le consumió deseos y expectativas y le forjó otro sentido de las cosas. Aseguraba: el libre albedrío es una ilusión, lo único que se puede hacer es no generar resistencia ante lo que la vida dispone para cada uno. Lo que no significa resignarse.
No le quedó otra alternativa que seguir viviendo en la casa del tío Juan, quien la usó de sirvienta. Al tiempo, se le metió en la cama y se ahorraba de ir al lupanar —así le decía Dolores al quilombo del puerto— hasta que por comodidad y para que otro no se la robara debido a su serena belleza, la ató con el anillo del matrimonio. Todos los años le daba un hijo, pero después del nacimiento de Aurora, Juan quedó impotente y reemplazó las embestidas nocturnas por brutales palizas, una manera de descargar su frustración de macho.
Juan era una bestia de carga; sus únicos pasatiempos fueron las doce horas diarias en la ferretería y acumular ahorros. Odió a Aurora porque la consideró la culpable del menoscabo a su virilidad; instruía a los dos hijos varones en el desprecio por la mujer y el fervor hacia el trabajo. Tuvo la piedad de morirse de un ataque cardíaco el día que Dolores cumplió los cincuenta y tres, luego de haberla denigrado más de treinta años. La abuela agradeció a las fuerzas del universo por el imprevisto regalo, inició la sucesión y se deshizo lo más pronto que pudo del negocio y de la casa. Los hijos ya se habían ido, huyendo del rigor paterno y los dos mayores prosperaron por su cuenta. Dolores vendió los muebles y a medida que vaciaba la casa encontró una pequeña fortuna, dispersa en varios escondites. Alquiló el negocio y se fue a Buenos Aires a vivir con Aurora y con Candela, que recién empezaba el colegio primario.
Se mudaron a la casita con jardín en Floresta y Dolores hizo lo que sabía hacer mejor: criar a su nieta, mantener el hogar impecable y esparcir el aroma de la placidez a su alrededor. Comprendió que ya no lograría rescatar a Aurora del caparazón en el que se había guarecido; aún estaba a tiempo con la niña, que crecía en el yermo paisaje que era su madre. Dolores la salvó de la indiferencia de alguna vecina que la cuidaba, mientras Aurora iba de un empleo a otro pero, fundamentalmente, la salvó del espíritu árido de su propia madre.
La abuela tenía un inagotable repertorio de cuentos, inventados sobre la marcha, que eran el reflejo de su infancia y adolescencia valenciana, a través de los cuales mitigaba la nostalgia en la evocación del Mediterráneo y sus aguas color zafiro. De a poco introdujo a la nieta en el mundo secreto del Tarot, y desde sus arquetipos parecía convocar para sus niñas la comprensión y la benevolencia, tan escasas en sus vidas. El tío Juan —así llamó siempre a su segundo marido—, le decía bruja negra o diablesa cada vez que la sorprendía consultando las barajas que trajera de España. Y con sorna le preguntaba cómo era que no había podido predecir su temprana viudez ni lo aciago que sería su exilio de la patria. El viejo le decía —quizás no tanto porque lo creyera, sino con el fin de mortificarla— que con sus malas artes había eliminado a Pedro para quedarse con él y sus posesiones; que lo había embrujado hasta que consiguió la libreta, pero él, Juan Astorga, era más poderoso que ella, se libró del hechizo y la mantuvo a raya con las palizas.
Candela le preguntó si realmente podía predecir que algo malo fuera a suceder. La abuela desviando los ojos como si buscase la respuesta en memorias pretéritas, le contestó que las predicciones eran armas de doble filo. Lo que las cartas le habían transmitido antes de partir fue la intuición de futura infelicidad y que debía disfrutar al máximo cada momento con Pedro, lo que por suerte había hecho. Al nacer Aurora hizo una tirada y en la lectura supo que su hija le depararía pesar, pero también un júbilo enorme. Lo dijo con su sonrisa apacible y acarició la mejilla de Candela.

La abuela Dolores había muerto unos meses atrás de esta noche plena de recuerdos de valijas míseras e historias irrevocables. Se durmió para siempre a la edad de noventa años, en un atardecer azulino de niebla, recostada en su mecedora.
En cambio la muerte de Aurora, la hija rebelde y áspera, había ocurrido muchos años antes, cuando Candela tenía quince. Aurora fue una madre soltera. Apenas terminó el secundario se escapó a Buenos Aires; de esa época hasta que tuvo a Candela nunca habló, ni siquiera con su madre. Reapareció en Rosario con un embarazo de siete meses, se quedó unos días, los suficientes para que el viejo Juan desplegase su desprecio y armara alborotos tirando platos y cubiertos contra las paredes.
Dolores, a espaldas de su marido, que recién aparecía a la hora de la cena, se había formado una clientela como tarotista. Compró un pasaje y fue a Buenos Aires en cuanto Aurora le avisó que le faltaban días para el nacimiento. La acompañó durante un mes en la sórdida pensión donde Aurora vivía. A su regreso a Rosario, se atuvo a las consecuencias de su partida. 
De su padre Candela no supo ni el nombre ni quién era: se había esfumado de la vida de Aurora y fue para ella un fantasma imposible de olvidar. Su madre ejercía trabajos misteriosos y cambiantes. Decía: voy a hacer horas extras, no vengo a cenar. O: ahora estoy en otra empresa y vuelvo temprano. Pero la mayoría de las veces no daba explicaciones. No era ni linda ni fea, tampoco le importaba su aspecto, vestía casi siempre de negro y había heredado el mutismo y la dureza del padre. Un solo interés manifestó en su corta vida: el amor por la música, especialmente el violín. Dolores le había regalado uno antes de que abandonara Rosario: lo tocaba con una sensibilidad que no correspondía con su carácter agrio. 
Su muerte fue tan enigmática como su vida. Nunca se conoció la causa, si fue un crimen, suicidio o si un día algo en ella dijo basta y decidió morirse en el banco de una plaza. La autopsia no reveló drogas, venenos o golpes. Dolores, con la congoja latente en su voz, dijo que jamás se sabría la verdad porque era luna nueva, momento de tinieblas, donde no puede verse nada y todo queda oculto.
Para Candela no significó una gran diferencia no tener más en su vida a esa figura distante, esa ilusión de madre, que se proyectaba como una sombra chinesca en el telón de sus días.
Comenzó su propio camino de aciertos y errores, de elecciones y rechazos, siempre bajo el ala protectora de la abuela y junto a ella se sumió en la añoranza de la tierra de los antepasados, en la Valencia que el Mediterráneo acariciaba con labios pálidos de espuma. Se olvidó del presente, de ser fiel a una vocación, de entregarse al amor que le ofrecieron y formar su propio hogar. Siempre estaban la abuela, las cartas de Tarot y los sueños.

Ahora debe ponerle un  broche a los recuerdos, como le ha puesto el elástico a la valija. Mañana partirá para España a cumplir un sueño o a destruirlo definitivamente; a hacer algo por sí misma y por las mujeres de su familia; cerrará un ciclo y le dará un sentido a más de setenta años de sufrimientos.
Un nuevo inicio, otra aurora simbólica, sola, con su valija desahuciada y las cartas de Tarot, a los cuarenta y dos años, justo en la crisis de la mitad de la vida. La abuela Dolores le hubiera dicho: cuando se mira hacia atrás y se ven únicamente ruinas, es hora de cambiar el rumbo.


©  Mirella S.   — 2010 —


miércoles, 29 de marzo de 2017

Un no-poema de Gavrí Akhenazi



¡Que tengas un muy feliz cumpleaños, Gavrí! 
Aquí va mi regalito y un abrazo.


Story by silence


Sólo intento que hables,
que no pierdas tu vocación de casa,
tu vocación de albergue con ventanas al sol.

A veces,
estás sellada lo mismo que una tumba a la que nadie atiende

(ya te veo los cabellos en llamas por el verbo que uso)

¿a la que nadie acude ni escucha
ni le llora sobre su corazón?

Sólo intento que hables
que no pierdas tu vocación de casa albergadora,
tu dimensión que canta,
tu multiplicación de horror vacui sobrepoblada de esencia y adjetivo,
tu realidad virtual que depende de los cortes de luz

- no de tu luz, aunque tu luz titila -

¿qué le pasa a tu luz?

Sólo intento que hables aunque sea, de vez en vez, a veces,
de vez en cuando
de cuando en cuando a veces

intento que no pierdas tu vocación de casa
que vuelvas a tu mundo
que no te pierdas en el largo viaje en el que todos nos perdemos siempre

porque es penoso y largo el universo
que no tiene palabras.

Sólo intento que hables desde el silencio escrito
que escribir el silencio es todo un arte,
un arte que difiere del silencio que todos conocemos por silencio.

Yo ya no quiero ser un guardián de faro
que espera por un barco que no llega.

Quiero verte encallada en las palabras como un coral despierto,
como un idioma insólito,
como un hecho de la profundidad del alma humana.

Sólo intento que hables de tu larga vocación de albergue
para que vuelvan las botellas al mar de este silencio.

Esas botellas de tiempos de vacío
donde coleccionaste las palabras.


© Gavrí Akhenazi  (No-poemas, así los define Gavrí)

© Mirella S.




miércoles, 22 de marzo de 2017

Desjuiciada

Imagen Benoit Courti


Obedientemente, al llegar a su casa y como le indicaran, la mujer se cambió el tapón de gasas que presionaba la herida. Salió un manojo empapado de un carmín brillante. Un río tibio y dulce fluyó por su boca. Ya tenía listo otro montoncito de compresas que aplicó con cuidado y sostuvo apretando las mandíbulas. Dejó pasar media hora y repitió la operación con el mismo resultado.

Cada tanto separaba los labios y el espejo le devolvía unos dientes de vampiro que acababan de morder a su víctima. Con un hisopo intentó inútilmente limpiarlos sin abrir demasiado la boca. Un hilito ya se le escapaba por una comisura. No debía ni escupir ni agacharse ni hacerse enjuagues o buches.

El riachuelo manaba suave y sin pausa, encharcando la cavidad bucal. Inclinó apenas la cabeza y un surtidor, de un rojo impertinente, desbarató la blancura del lavatorio. No hubo merienda ni cena, solo algunos sorbitos de agua corrompida por el gusto de la sangre.

Casi había agotado el stock de gasas que, famélicas, absorbían el rico jugo que brotaba de lo que parecía un cráter. El festín de Drácula seguía.

Llamó por teléfono para pedir instrucciones. Oyó el ring-ring que se prolongaba hasta un corte brusco. Ni el contestador salta, pensó ella, que se había acomodado el enorme tapón para emitir algún sonido coherente.

Y así hasta que llegó la noche.

Respiró su propio miedo, se vio pálida, puro ojos, los labios salpicados con grumos que se iban secando. Se recostó en varios almohadones, la cabeza erguida, rodeada de pañuelos de papel, las gasas restantes y un tazón como receptáculo de su líquido esencial. No apagó el velador; la soledad le dio un mordisco y le expandió la sensación de que era la única sobreviviente de un mundo en ruinas. Pronto también el dormitorio se derrumbaría.

Imaginó sus venas cada vez más finitas y se preguntó qué color toman las venas vacías. Le costaba mantener las mandíbulas tensas, le dolía el cuello, pero si las aflojaba y entreabría los labios se le meterían esos moscardones que rondaban cerca de su cara. Intentó formar una barrera con las manos. De dónde vendrían si todos los vidrios estaban cerrados. Emitían un zumbido monótono, adormecedor y ella luchó para que sus párpados no se bajaran como persianas vencidas.

Cuando volvió a abrirlos el sol doraba las paredes. Tenía la boca seca, amarga, quitó las gasas amarronadas, con la lengua tanteó en la encía superior el hueco que había quedado después de la extracción de la muela del juicio. No dolía y la hemorragia había cesado. Volvió la mirada hacia la mesita de luz: allí estaba el tazón con la sangre y unos moscardones flotaban entre islotes de coágulos.




©  Mirella S.   — 2016 —







miércoles, 15 de marzo de 2017

Las sandalias de oro y los guantes de seda



a Amadî

El príncipe Orlando por decisión de su madre, la reina Alba, vivía en un palacio en el interior de una rosa. Siempre había sido un niño con una salud muy frágil y Alba consultó al hada protectora de esa comarca, quien le dijo que debía conducirlo al palacio de mármol blanco, construido en el centro de un capullo de rosa.
Si permanecía allí, el príncipe viviría sano y joven para siempre y también aquellos que lo acompañaran. Alba temía envejecer, por lo tanto estuvo de acuerdo con las indicaciones del hada. Pidió a su esposo, el rey, que ordenara trasladar la corte entera al palacio de la rosa. Él, con gran tristeza, le dijo que no podía traicionar la palabra dada a sus súbditos el día que fue coronado. Debía quedarse.
Alba siguió adelante con la propuesta del hada. Preparó a Orlando, eligió la comitiva que los acompañaría y el hada los condujo a su nuevo destino.

Los años pasaron, el príncipe crecía fuerte y hermoso y Alba estaba contenta porque no había perdido su belleza ni su juventud. El niño le hacía muchas preguntas sobre qué había fuera del palacio. Alba le contestaba siempre que era mejor no saberlo, allá todo era horrible y cruel. Orlando no podía imaginarse ese mundo desgraciado que le describía la madre, él solo conocía la belleza, los juegos, las fiestas y la comodidad.
Sin embargo, esa vida empezó a resultarle monótona.
Tomó la costumbre de mirar por la ventana de su cuarto, a pesar de que veía siempre el mismo panorama: los pétalos blancos que envolvían el palacio. Un día los pétalos se movieron, como agitados por la brisa y Orlando pudo ver a lo lejos formas y colores desconocidos. Después la cortina de cerró y la blancura acostumbrada rodeó el palacio.
Desde ese momento Orlando se sintió inquieto: pensaba incesantemente en esos matices nuevos. El mundo era algo más que el corazón de la rosa donde vivía. Y como no sabía qué era envejecer ni enfermarse, no tenía miedo a lo que pudiera ocurrirle del otro lado.
Harto de suspirar y mirar por la ventana, no escuchó las súplicas de su madre y cubriéndose con un manto, salió del palacio. Cruzó varias capas de pétalos y, por fin, se encontró afuera.

Al recorrer el mundo aprendió lo que era malo y lo que era feo. Pero también encontró belleza y bondad y cada vez que le pasaban cosas buenas, las disfrutaba más, porque había conocido las desagradables.
De tanto viajar el manto se fue deshilachando, tuvo que trabajar para comer y en sus manos aparecieron callosidades. Al cruzar un arroyo de aguas límpidas, se vio por primera vez desde que había dejado el palacio: ya no era tan hermoso y su pelo estaba salpicado de hebras blancas.
En uno de sus viajes encontró a un anciano acostado a los pies de un árbol. Parecía muy enfermo, Orlando le dio un poco de agua y se detuvo a cuidarlo. El viejo, de vez en cuando, abría los ojos y murmuraba una única frase: las sandalias de oro y los guantes de seda. Cuando murió, Orlando lo cubrió con piedras y ramas y prosiguió su camino.

Llegó a una ciudad con edificios altos y grises. Sus habitantes caminaban apurados, con la vista fija en los adoquines de la calle. Los días que no trabajaban se iban al campo con linternas, lupas, picos y palas. Se ponían a cavar y revisaban cada terroncito de tierra, una y otra vez. Orlando pensó que con esos pozos destrozaban la hierba y las plantas.
Se acercó a un hombre y lo saludó.
—Qué maravilloso atardecer, nunca vi un cielo tan transparente ¿no le parece?
—¡No estoy para perder el tiempo en esas tonterías! —contestó el hombre de mala manera.
—¿Por qué cavan esos pozos, qué buscan? —preguntó Orlando.
El hombre, sin dejar de remover el pasto, le contestó:
—Las sandalias de oro y los guantes de seda.
Orlando recordó las palabras del viejo moribundo y siguió preguntando:
—¿Para qué sirven las sandalias de oro y los guantes de seda?
El hombre se pasó un pañuelo por la cara húmeda de sudor y lo miró con desconfianza.
—No soy de este país y no conozco las costumbres —le explicó Orlando.
—Quien encuentra las sandalias de oro será poderoso y rico para siempre y si también encuentra los guantes de seda será eternamente joven y hermoso.
—¿Cuántos pares de sandalias y de guantes hay? —preguntó Orlando.
—Cada uno tiene su par de guantes y de sandalias, sólo hace falta encontrarlos.
—Pero si los encuentra ¿cómo sabe que son los suyos y no los de otro?
—Únicamente yo podré ver mis sandalias y mis guantes, los de los demás son invisibles para mí.
—¿Alguien los encontró? —quiso saber Orlando, cada vez más interesado.
—Sí, sé de un hombre que encontró una sola sandalia y de una mujer que encontró un guante.
—¿Y qué les sucedió?
—El que encontró la sandalia se volvió rico, pero no tenía poder, tampoco la juventud ni la belleza. La que encontró el guante sería eternamente joven, pero le faltaba la belleza y ser rica y poderosa.
—Y entonces ¿qué van a hacer?
—Continuaremos buscando hasta el último minuto de vida o por toda la eternidad, si fuera necesario. Nadie descansará hasta no tener completos el par de sandalias de oro y los guantes de seda. 

Orlando se alejó pensativo. Recordó a su madre, que para no envejecer, prefirió quedarse encerrada en el interior del capullo de la rosa y se dijo que él había hecho bien en irse por el mundo. Ahora conocía el egoísmo, la codicia, la mentira, también había hallado generosidad, amor, gente honesta. Había disfrutado de la magnificencia de la naturaleza y descubierto la alegría de ser libre. En muchas oportunidades tuvo que juntar coraje para enfrentar situaciones difíciles. Había aprendido bastante de los errores propios y ajenos.
Se fue rápido de esa ciudad tan triste, donde sus habitantes desperdiciaban la vida detrás de una obsesión.
Siguió viajando por el mundo con la mente abierta, serena, dispuesto a descubrir cada día algo nuevo que floreciera en su alma.



©  Mirella S.   

Ilustración: Arthur Rackham

Es de cuando escribía cuentos infantiles... en el siglo pasado.
Espero no se aburran.

Abrazos para todos.


lunes, 6 de marzo de 2017

Hálito de viento oscuro




El leitmotiv de un tiempo sin horas es doblar por algunos de los múltiples ángulos y enfrentar un túnel. Ella es un tizne más que se confunde con otros que se ignoran. En las primeras épocas captaba formas, a veces ojos en los que aún vibraba alguna llama o ya, irremediablemente, vueltos cenizas. De a poco, la fisonomía particular de cada uno, fue diluyéndose en deformaciones de materia muerta.

Sabe que también se desintegrará, es el destino de todos los que habitan el país subterráneo. Apenas si queda un punto, un rastro brumoso, una nostalgia de lo que han sido. Aquello que subsiste es el dolor, sus nervaduras no se alisan, al contrario, se engrosan e impulsan al desplazamiento por los túneles. El agobio del dolor marca la hoja de ruta a ninguna parte.

Moverse resulta mejor que estarse quietos en un rincón. En ese mundo se borran los deseos, pero en ella habita uno que le otorga un halo que en muchos se ha extinguido. Ella irradia una tenue aureola de esperanza, como una constelación turbia que se resiste  a desaparecer en la profundidad de la nada.

Por momentos se detiene para escuchar si le llega el eco redentor de su risa o el ritmo de sus canciones. Antes de que ella cerrara los ojos definitivamente, lo último que oyó fue su voz, como de vidrio quebrado, que le prometía remover cielo y tierra hasta encontrarla y llevarla de nuevo a la luz. Él utilizará su talento, cautivará a quien fuera con su música, extrayendo las notas más exquisitas que le abrirán todas las puertas.

En su deambular, ha encontrado una claridad impura que, trabajosamente, interrumpe la penumbra que ya la constituye. Aunque nadie hable hay reglas, advertencias que se conocen como si estuvieran escritas dentro de las sombras que son. Ella sabe que es un umbral por el que ingresan los nuevos y lo ronda con asiduidad.

En cuanto oiga las notas órficas del saxo, la melancolía de un blues, ella reunirá los retazos de niebla de la que está hecha y lo esperará del otro lado de la entrada.

Pero no hay relojes para medir el tiempo, es un segmento ininterrumpido, siempre igual a sí mismo.

Y antes nunca nadie ha salido.

Cuando en ese presente infinito comprende esa ley, decide apartarse del portal. Aún perduran en ella los restos de la posesión. Ya no lo ama, su único anhelo es irse y él, con su promesa la ha mantenido en un plano imposible de seguir sosteniendo.

No lo ama, no puede, no tiene con qué. No desde la agonía del recuerdo  —cada vez menos nítido— de su cuerpo, de su música que le extasiaba el alma.

Comienza a apartarse del hueco rojizo, busca los túneles más lejanos. Si él viene a rescatarla no la debe encontrar. Es solo un hálito helado de viento oscuro.



©  Mirella S.   — 2017 —





miércoles, 1 de marzo de 2017

Vicente Antón Vives: poeta




Hice el montaje de este video con el poema que Vicente Antón Vives (Tin) le dedica a otro amigo poeta, Manuel Martínez Barcia, fallecido hace dos años.

Un abrazo querido Tin.


 Manu-al del buen poeta

Te recuerdo y recuerdo tu nombre
en el reposo de los años bisiestos,
en las hojas y en las letras y en los libros
que inspiraban el amor imposible.

Te auguro como un comienzo
naciéndonos entre finales inertes,
minúsculo de versos y oraciones
brotando a ciegas de la nada.

Vuelves a todas horas y repito
el deseo imparable de parecerme a ti
en los ojos que lloraban por las lágrimas
de los más inocentes.

Eras de pájaros espesos y olvidados
y de golondrinas eran tus pies, y tu boca
era una jaula abierta al mar de los que creen
y enredada de orillas.

Una gruta de estalactitas escondiéndose del aire,
procurando alzarse entre las grietas del hombre.
Una gruta enrarecida y blanca como una neblina de cal
y de ensoñaciones. 

La larga e imborrable senda que camino
cuando quiero ser feliz al recordarte
entre mujeres rubias y mujeres de dientes blancos
como el beso del dolor en la mejilla,
y en la frente.

Te devuelvo al mundo de los creados
un día oscuro de Lunas y de sombras esparcidas.
Te devuelvo completamente limpio y desinfectado
y cubierto de esa capa finísima de niño bueno,
de soldadito de plomo sin guerra y sin traiciones,

para que sigas jugando conmigo a la muerte.


©   Vicente Antón Vives

©  Mirella S.   — 2017 —



miércoles, 22 de febrero de 2017

El tiempo perdido

Foto de Loomis Dean


El libro, como una cosa viva, cae de las manos del hombre y se desmiembra en rígidas láminas amarillas. Al agacharse para recogerlas sus rodillas crujen en un acto de protesta. Mira el título en la tapa: En busca del tiempo perdido 1. Su garganta produce el eco de una risa, no lo había leído.

Al dar vuelta la primera hoja descubre la dedicatoria, larga, escrita con una letra menuda, femenina. Necesita los anteojos.

A medida que avanza en la lectura, debe detenerse para desechar imágenes que se interponen, nublando las palabras. El libro forma parte de un pasado tan remoto, que los recuerdos surgen descuartizados, igual que sus páginas. No logra precisar en qué año ella se lo había dado y una ola de ira le pulsa en las sienes cuando ve que le auguraba un feliz año nuevo sin mencionar cuál. Acaso no se suele poner siempre una fecha debajo de la dedicatoria, claro, ella en todo fue distinta, no entraba dentro de los cánones esperables.

Apoya una mano en el pecho como para apaciguar la repentina opresión que se extiende y le corta el aliento. Me fijo en la fecha para escapar al contenido del mensaje, dice, mientras con el pulgar y el índice presiona sus párpados. Aunque no quiere plegarse a recuerdos, ellos vienen solos, el escrito les ha abierto la puerta. Allí están con su olor rancio.

Cuando ella le dejó el libro en el buzón, ni siquiera lo había abierto. Lo guardó en un estante alto de la biblioteca para que las telarañas lo vistieran con las babas del olvido. Tuvo que haber sido ese año nuevo, el primero que no pasaron juntos. El texto menciona la “crisis”, recién se entera que la consideraba una crisis. Él había sido bien explícito al decirle que no aguantaba más la situación. Las mujeres encarajinan todo. Ese tipo de mujeres, las inalcanzables, tortuosas, que levantan muros de silencio, de miradas evanescentes y comunicaciones lacónicas. Son resbalosas como anguilas y uno se queda con las manos deshabitadas, dice en voz alta.

Se acerca a una intimidad antigua, que duda haya existido. Antes de la ruptura, la había asediado como a una fortaleza inexpugnable, se sintió un invasor bárbaro, que con sus armas precarias, pretendía conquistar la ciudadela. Una y otra vez se había topado con un témpano imposible de derretir. Y a mí se me terminó helando el deseo, murmuró turbiamente.

No siempre había sido así, pero del período previo no guarda registro. ¿Cuántos años pasaron? Más de treinta, si la memoria no le falla. Hoy se entera de que él fue su gran amor, que no podrá olvidarlo jamás.

Jamás, que palabra presuntuosa, inexistente. Él tardó en disipar la delicadeza de sus facciones, devoradas por los ojos irrefutables. Una mañana, al despertarse, se presintió libre y se instaló en la gris y ordenada apariencia de las cosas. Esporádicamente iba de cacería de conejitas tiernas y superfluas.

Pasa la punta de los dedos por la página escrita. Ella, con su ambigua intensidad, le había arrebatado un largo tiempo. Cómo luciría hoy ¿con las mejillas craqueladas, el pelo color estopa, la espalda gibosa?

Qué importa, si ya está muerta para mí, exclama con esa vocación que ha adquirido de hacerse comentarios en voz alta. Mentira, de alguna manera se las ingenió para quedarse en mí. No se olvida ni se borra a quien se amó como se borra un nombre del pizarrón. En vano se intenta taparlo con otros.

Camina unos pasos hacia la ventana abierta de noviembre. Se asoma, con un gesto brusco, imprevisto, como si el brazo no le perteneciera, tira el libro al vacío.



©  Mirella S.   — 2017 —



martes, 31 de enero de 2017

Desencuentros

"Relativity" dibujo de M. C. Escher


Él y ella caminan apenas rozando el suelo, porque sus mentes vagan en otras dimensiones de sí mismos. Recorren las geometrías cóncavas y convexas de Escher, suben o bajan por escaleras que no conducen a lugares definidos, son puentes hacia nuevos dédalos.

Se cruzan de vez en cuando y, en ese momento, por un lapso brevísimo, algo se expande o se dilata como una burbuja que crece y después, ante la levedad de un soplo, se evapora. Es la intuición de un encuentro que no se produce: mientras uno sube, el otro baja y cada uno es fiel a su elección.

Ella tiende a bajar. Él, por el contrario, trepa por los peldaños, atraviesa corredores que lo empujan hacia arriba. Sin embargo, no están seguros si suben, bajan o van en las dos direcciones, de otro modo no se cruzarían.

Son visitantes de un ámbito escalonado donde no prima la materia con sus egoísmos, enfermedades y deseos que la consumen, la fagocitan. Tampoco son espíritus superiores, acarrean sobre sus espaldas miserias diferentes.

Él despliega en su mente banderas revolucionarias, utopías desgarradas y vueltas a zurcir. Tiene el corazón surcado por cicatrices y cansancio.

A ella le gusta asomarse a un pozo sin fondo, con su caña de pescar verdades que, con el tiempo, va descartando una a una y flota como un ectoplasma en una búsqueda encarnizada.

Cuando se cruzan, no se miran, pero se reconocen. Ella lo percibe como un apócrifo Cristo Pantocrátor bizantino. Para él, ella es una diosa pagana inaccesible, igual que una estatua de granito.

No permanecen siempre en el laberinto, viven también en el exterior. Allí sonríen, hablan, ejecutan tareas, le dan permiso a la carne para que exprese sus necesidades. Acarician, se dejan acariciar, gozan a través de los sentidos. Ella se deleita con uvas moradas, huele nardos; él paladea vino añejo, mira los matices del crepúsculo.

Alguna vez creen haberse visto en medio de la multitud, en la calle de cualquier ciudad. Ninguno de los dos se ha dado vuelta para cerciorarse. Saben que se toparán en algún recodo de los pasillos o en el rellano de ese palacio hecho de escaleras, él subiendo, ella bajando. O al revés.



©  Mirella S.   — 2017 —





martes, 24 de enero de 2017

Mecanismos



Entonces el psicólogo dijo que tus mecanismos de defensa son típicamente anales. Estás pagando a uno que dice lo que me cansé de repetirte: que sos una culo fruncido.

Solo fui al colegio primario, pero tengo años de experiencia y un buen ojo, además de haberte criado. A ver si entiendo… ajá, en psicología el significado es otro, que en los primeros años este mecanismo es positivo, necesario y se refiere al aprendizaje de empezar el control sobre ¿los qué? ah, los efínteres. O sea, traducido al buen criollo: cagar solita.

No me hagas acordar el trabajo que me diste. Estabas sentada en la pelela* por horas, te masajeaba la pancita y no salía nada. Únicamente largabas todo dentro de los pañales.

¿Que yo era absorbente, invasiva? ¡Mirala a la chica, ahora la culpa de que resultaras estreñida la tuve yo! Que no te dejé ser independiente y te sentiste avasallada por mi autoridad… de lo que me vengo a enterar ¡fui una sargentona! ¿Olvidaste la cantidad de enemas que te ponía y apenas soltabas unas piedritas miserables? Si te las mostré fue para que tomaras conciencia de lo mezquino que ca… Ah, tu mezquindad actual en manifestar emociones es una consecuencia por haberte avergonzado, las retenés como defensa ante cualquier intento de control y afirmar tu poder individual.

Con la plata sos así, juntás, juntás y no aflojás un peso, nunca un regalo, una invitación a comer. Que es el síndrome de Jouard Jiugs… no me hablés en difícil si sabés que no sé quién es ese fulano. Ahora creés que tenés la sartén por el mango y me refregás por la jeta* lo que salta en tu terapia froidiana.

Te crié como pude, sola, el viejo laburaba* de sol a sol arriba del taxi para darte un futuro y me venís a echar en cara tus me-ca-nis-mos. Sos una soberbia y las críticas que vomitás a borbotones es por toda la mierda que guardaste y que ahora me tirás encima porque la terapia te sirve de laxante.

Acepto mis errores, pero también reconocé que a pesar de lo que vos llamás humillaciones, tan mal no te fue en la vida, conseguiste un título, sos exitosa en la profesión, viajás y si no te casaste ni tenés pareja que dure ya es problema tuyo. Con el mal carácter, esos aires, y siempre teniendo que quedarte con la última palabra, no hay quien aguante.

¿No sabés decir te quiero porque nunca lo dije? Es cierto, no soy expresiva, el afecto lo demostré con acciones, valen más que las palabras, demasiadas veces dichas de la boca para afuera. Lo digo ahora: te quiero mucho hija, aunque seas una culo fruncido.



©  Mirella S.   — 2016 —

Glosario

Pelela: orinal.
Jeta: cara.
Laburar: trabajar



Es apenas un ejercicio sin pretensión literaria, para activar las neuronas .